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Mientras sectores de la política local intentan erigirse como jueces de la gestión actual, una serie de acciones expone el costado más oscur...

Mientras sectores de la política local intentan erigirse como jueces de la gestión actual, una serie de acciones expone el costado más oscuro de su paso por el poder en La Calera: corrupción, desmanejo y privilegios encubiertos que hoy salen a la luz.




Por Gustavo Restivo


Pandora es una figura de la mitología griega, conocida por ser la primera mujer creada por los dioses, según la tradición atribuida a Hesíodo. Fue moldeada por Hefesto por orden de Zeus y dotada de dones por varios dioses (de ahí su nombre, que significa “la que tiene todos los dones”).

Lo más famoso de Pandora es el mito de la "caja de Pandora" (en realidad un "jarro" o pithos), que contenía todos los males del mundo. Movida por la curiosidad, Pandora la abrió, liberando al mundo enfermedades, penas y sufrimientos. Solo quedó dentro la esperanza, que no logró escapar.

En La Calera, algunos sectores políticos que hoy se presentan como custodios de la moral pública olvidan con demasiada facilidad si historial frente a la conducción del barco llamado municipalidad. Desde declaraciones altisonantes hasta comunicados en redes, intentan posicionarse como garantes de la ética, sin reparar en que los expedientes judiciales están comenzando a contar otra historia.

Más de veinte denuncias penales se tramitan hoy en los tribunales, vinculadas a esa historia anterior. Entre los hechos señalados figuran la desaparición de computadoras y discos duros, licitaciones con aparentes irregularidades, vaciamiento de información oficial, desvío de fondos y una serie de favores a medida, que reflejan una lógica de poder más preocupada por los vínculos personales que por el bien común.

En las últimas semanas, se conoció por denuncias en redes sociales que el municipio investiga un posible esquema de cobros indebidos ligados a suplementos salariales no justificados. Si se confirma, la situación derivará seguramente en una nueva denuncia. Por ahora, los detalles se manejan con cautela y sin estruendos.

Lo cierto es que cada día que pasa se abren nuevas capas de una gestión que dejó mucho más que deudas económicas: dejó una estructura institucional frágil, atravesada por prácticas poco transparentes. La caja de Pandora se está abriendo, y lo que sale de ella anhelamos no sean solo meras suposiciones políticas, sino hechos documentados que piden respuestas.

En ese contexto, resulta al menos contradictorio que quienes administraron ese legado pretendan hoy arrogarse la voz de la conciencia pública. La ética no se declama: se practica, con memoria, responsabilidad y, sobre todo, coherencia.

Finalmente, como en todo ciclo institucional, también llegará el momento en que la actual gestión sea evaluada por quienes la sucedan. Es saludable y necesario que así sea. La revisión crítica del pasado no debe ser selectiva: el control y la transparencia deben sostenerse como principios permanentes, no como herramientas circunstanciales. Por eso, cada decisión que se tome hoy también quedará expuesta mañana a la mirada pública.


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Por Redacción Especial| Reporte Cba El 24 de mayo de 1810 suele pasar desapercibido entre los grandes hitos de la Semana de Mayo, eclipsado...





Por Redacción Especial| Reporte Cba

El 24 de mayo de 1810 suele pasar desapercibido entre los grandes hitos de la Semana de Mayo, eclipsado por el luminoso 25. Sin embargo, ese jueves fue decisivo: marcó el fracaso de una estrategia conservadora y reveló la maduración política del pueblo porteño, que ya no aceptaba soluciones de compromiso ni componendas con el viejo régimen.

Contexto: el derrumbe de la legitimidad virreinal

El Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros había quedado en una posición insostenible. Las noticias de la caída de la Junta de Sevilla –último bastión de la autoridad española en la península– habían erosionado su legitimidad. Ya no podía sostenerse en nombre del rey Fernando VII, cautivo en Francia. En ese vacío de poder, el Cabildo convocó a un cabildo abierto el 22 de mayo, donde se discutió el futuro del gobierno local. La conclusión fue clara: el virrey debía ser removido.

Pero la elite del Cabildo intentó una jugada intermedia. El 24 de mayo, bajo presión, se anunció la formación de una Junta de Gobierno... presidida por el mismo Cisneros. Una solución engañosa, que en los hechos buscaba conservar el viejo orden bajo nuevos ropajes.

Reacción popular: el rechazo a los disfraces del poder

Lo que siguió fue un estallido de indignación. La Plaza Mayor –hoy Plaza de Mayo– se llenó de voces airadas. La maniobra fue leída como una traición a la voluntad expresada por el pueblo días antes. Los líderes revolucionarios, como Saavedra, Belgrano y Castelli, no dudaron en expresar su disconformidad. El rumor creció, y el mensaje fue contundente: "El pueblo no quiere más al virrey, ni con disfraz".

Aquel día se rompió una barrera simbólica. Ya no bastaba con que el poder cambiara de forma; se exigía un cambio de fondo. El pueblo no pedía sólo nuevas caras, sino una nueva legitimidad basada en la soberanía popular.

Tres enfoques del 24 de mayo desde la historiografía

  1. Desde la historia política, el 24 de mayo representa el fracaso de la monarquía moderada criolla: un intento de mantener continuidad institucional sin romper formalmente con la Corona. Pero ese modelo fue superado por la dinámica social: la presión popular desbordó los límites que los sectores más conservadores intentaban imponer.

  2. Desde el enfoque social, se destaca la movilización ciudadana. No fue un grupo aislado de ilustrados el que empujó el cambio. Fue una amplia masa de vecinos, comerciantes, milicianos, incluso afrodescendientes y mestizos, quienes expresaron su rechazo a Cisneros. La revolución comenzaba a democratizarse.

  3. Desde la óptica institucional, el hecho mostró que ya no bastaba la formalidad legal para sostener un gobierno. La legitimidad empezaba a medirse por el consentimiento popular. La autoridad virreinal, aunque legalmente vigente, había perdido su raíz de legitimidad.

Un punto de no retorno

La noche del 24 fue turbulenta. Los revolucionarios presionaron, el pueblo se mantuvo firme y, finalmente, Cisneros renunció a la presidencia de la Junta. Así, el 25 de mayo amanecería con una nueva realidad: nacía la Primera Junta de Gobierno, sin virrey, con representantes elegidos por los criollos. Una ruptura en los hechos, aunque todavía no en el discurso formal.

El 24 de mayo fue, entonces, el umbral. Un día en el que se intentó cerrar el paso a la revolución con maquillaje político, pero el pueblo ya no aceptaba máscaras. Exigía verdad, participación y ruptura.

Hoy, a más de dos siglos de aquel momento, conviene recordarlo no como una fecha menor, sino como el día en que el pueblo dijo “no” y empujó la historia hacia adelante.



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En un clima electoral cada vez más crispado, los candidatos priorizan la descalificación del adversario por sobre el debate de ideas. La cam...



En un clima electoral cada vez más crispado, los candidatos priorizan la descalificación del adversario por sobre el debate de ideas. La campaña legislativa en CABA expone una política convertida en espectáculo de confrontación, donde la agresividad sustituye al contenido y el daño a la democracia se profundiza.




Por Gustavo Restivo

Las campañas electorales deberían ser un ejercicio de pedagogía cívica: una oportunidad para que los partidos expongan sus propuestas, contrasten modelos y seduzcan al electorado con ideas. Sin embargo, lo que se ha visto en el desarrollo de las elecciones legislativas en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) dista mucho de ese ideal. La política se ha tornado un espectáculo de agravios, una contienda verbal donde el insulto vale más que el argumento, y el ataque personal parece tener más peso que un proyecto legislativo.

No se trata de un fenómeno aislado ni exclusivo del escenario porteño. Pero CABA, por su peso político y mediático, funciona como una caja de resonancia. Allí, las campañas han alcanzado niveles alarmantes de virulencia discursiva. Candidatos que se interrumpen a gritos en los debates, militantes que viralizan campañas sucias, dirigentes que se dedican más a deslegitimar al adversario que a explicar qué harán si son electos. En esa lógica, la agresividad ya no es una herramienta ocasional: es una estrategia de campaña.


La pregunta que surge es inevitable: ¿Qué intentan vendernos los partidos con esta forma de hacer política? La respuesta es inquietante. En vez de propuestas, nos ofrecen enemigos. En lugar de un horizonte de futuro, apelan al resentimiento inmediato. El electorado, convertido en audiencia, es empujado a tomar partido en una pelea más emocional que racional. Se nos convoca, no a decidir entre proyectos, sino a elegir de qué lado de la grieta queremos estar.

Este clima afecta profundamente la calidad del debate público. La discusión de fondo sobre temas urgentes —educación, vivienda, salud, seguridad, empleo— queda sepultada bajo una avalancha de chicanas, ironías, videos editados y frases incendiarias. La política deja de ser un medio para transformar la realidad y se convierte en una guerra de relatos cuyo único fin parece ser la destrucción del otro.


Pero hay un daño aún más profundo: la erosión de la confianza ciudadana. Cuando la política se presenta como un ring permanente, muchos optan por bajarse del juego. El desencanto, la apatía y la desafección crecen. La democracia pierde músculo cuando el ciudadano ya no cree en sus representantes ni en la posibilidad de que algo cambie a través del voto.

Los partidos deben hacerse cargo. No alcanza con responsabilizar a "la grieta" como si fuera un fenómeno meteorológico inevitable. Cada candidato, cada espacio, cada estratega elige el tono de su campaña. Y si eligen el camino de la agresión, también son responsables por las consecuencias.

Es hora de reclamar otro tipo de política: una que no necesite del escándalo para llamar la atención, que recupere la dignidad del debate, que valore más una propuesta coherente que un zócalo televisivo viral. Porque si la agresividad se convierte en la norma, lo que se degrada no es solo la campaña: es la democracia misma.



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