Por Gustavo Restivo

En La Calera (como en otras localidades) no solo hay problemas. Existe, además, una disputa política en pleno desarrollo que ya ha adoptado forma de campaña, y —a mi juicio— de manera prematura: estamos a un año y ocho meses de las próximas elecciones. Veinte meses que marcarán el ritmo político de la ciudad, con un calendario que desemboca en octubre de 2027, curiosamente a días de una fecha cargada de simbolismo en la tradición política argentina.

Las dificultades son innegables: servicios tensionados, conflictos heredados, externalidades, reclamos vecinales y decisiones que incomodan. Pero de allí a afirmar que la ciudad atraviesa una crisis terminal hay un salto que excede lo descriptivo. Es un salto político.

Ese salto no es espontáneo. Tiene una arquitectura que lo sostiene: una construcción retórica que, amplificada, termina dibujando un retrato exagerado, casi expresionista, de la realidad. Un paisaje desolador que solo adquiere consistencia en el terreno de la percepción.

En los últimos tiempos comenzó a consolidarse un mecanismo reconocible. Se selecciona un hecho real y se lo presenta desprovisto de contexto. Desaparecen la historia, los procesos y las restricciones. Queda un recorte preciso, funcional a la instalación de una conclusión inmediata. Luego, ese recorte se simplifica al extremo: la complejidad se diluye y en su lugar emerge una narrativa eficaz. Alguien es responsable, alguien no funciona, alguien fracasa.

El siguiente paso es la intensificación. El mensaje deja de informar y pasa a condenar. Las redes sociales, ciertos espacios digitales y circuitos de difusión local operan como caja de resonancia. Lo que podría ser un problema puntual se amplifica hasta adquirir la forma de una crisis generalizada.

Finalmente, llega la personalización. La política, en términos de ideas, proyectos o debates, se retrae. En su lugar aparece un silencio argumental: todo se reduce a nombres propios.

En este punto conviene abandonar las preguntas ingenuas: ¿quién se beneficia de que La Calera sea percibida como una ciudad en crisis permanente?

A veinte meses del próximo turno electoral, resulta difícil no leer en esta dinámica la acción de sectores políticos que buscan reposicionarse o recuperar centralidad mediante la deslegitimación sistemática de la gestión actual.

No se trata de crítica —necesaria en toda democracia— sino de algo más preciso: la construcción de un clima. Y ese clima no es neutro. Genera enojo, acelera juicios, empobrece el debate y, sobre todo, debilita la capacidad del ciudadano para distinguir entre hechos e interpretaciones.

Cuando todo se presenta como crisis, la política se vuelve ruido y la sociedad entra en un estado de irritación permanente que favorece más la manipulación que la comprensión.

Advertirlo implica asumir una responsabilidad: no consumir sin filtro lo que circula. Preguntarse quién habla, desde dónde y con qué intenciones.

Porque en política, como en toda construcción humana, no solo importa lo que pasa. Importa —y mucho— cómo nos lo cuentan.


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