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  Por Gustavo Restivo Los conflictos internos en los partidos políticos no son ajenos a ninguna ciudad, ni siquiera a la nuestra. Lo que hoy...

 




Por Gustavo Restivo


Los conflictos internos en los partidos políticos no son ajenos a ninguna ciudad, ni siquiera a la nuestra. Lo que hoy ocurre en la Unión Cívica Radical (UCR), con la expulsión de tres diputados nacionales acusados de «lesionar la dignidad del partido», es un ejemplo de cómo las tensiones entre la disciplina partidaria y la autonomía política pueden desgarrar la representación democrática. Esta situación nos obliga a reflexionar: ¿qué pasaría si algo similar ocurriera en nuestros propios espacios políticos?

Los partidos tradicionales, especialmente en contextos locales, tienen mucho que aprender de estas experiencias. La ética y el bien común deben estar por encima de las presiones internas y las estrategias electorales. En tiempos donde la ciudadanía reclama transparencia y soluciones reales, las disputas partidarias no solo generan desconfianza, sino que también desvían la atención de lo que realmente importa: resolver los problemas de la gente.

¿Estamos preparados para exigir una política más ética, más enfocada en el bien común y menos subordinada a las mezquindades partidarias? Lo que está en juego no es solo la cohesión de un partido, sino la credibilidad de toda la política como herramienta para transformar la realidad.



La ética de la lealtad partidaria frente a la autonomía política: un dilema ciudadano

La reciente expulsión de Mariano Campero, Martín Alfredo Arjol y Luis Albino Picat de la Unión Cívica Radical (UCR) por decisión del Tribunal Nacional de Ética genera una pregunta esencial: ¿dónde debe trazarse la línea entre la lealtad partidaria y la autonomía política? Este hecho no solo tiene implicancias para la UCR, sino también para la ciudadanía que observa con desconcierto cómo las tensiones internas de los partidos impactan en la representación democrática.

La ética y la política han sido siempre un terreno resbaladizo, donde la coherencia de los principios suele enfrentarse a las dinámicas del poder. Desde la perspectiva filosófica, es crucial recordar el planteo aristotélico: la política debe ser el arte de buscar el bien común. En este contexto, el accionar de los diputados expulsados puede interpretarse de dos maneras. Por un lado, como una traición a la identidad ideológica de la UCR, una organización centenaria que representa ciertos valores. Por otro, como un acto de pragmatismo político que busca adaptar la representación a un contexto cambiante.

El Tribunal Nacional de Ética argumentó que las acciones de Campero, Arjol y Picat «lesionaron gravemente la dignidad del partido». Pero ¿Qué significa en términos prácticos esa «dignidad»? En un sistema democrático, los partidos no son castillos inmutables, sino espacios dinámicos de debate y confrontación de ideas. Pretender una unidad ideológica absoluta, especialmente en un contexto político volátil, puede resultar más dogmático que práctico. Esto plantea una disyuntiva ética: ¿debe un representante político priorizar su alineación con el partido o con las necesidades y expectativas de sus votantes?


El ciudadano frente al conflicto partidario

Desde el punto de vista del ciudadano, esta situación puede generar desconfianza. Por un lado, se condena a los diputados por reunirse con referentes de otros sectores políticos, como el presidente Milei, en un gesto que algunos interpretaron como traición. Sin embargo, es fundamental considerar que en una democracia madura, el diálogo entre diferentes fuerzas políticas debería ser celebrado, no castigado. La política no puede ser un espacio de trincheras, sino un terreno para construir consensos.

El rechazo del Tribunal también se basó en el cambio de postura de estos diputados en votaciones clave, como el veto a la Ley de Movilidad Previsional y Seguridad Social. Esta decisión, aunque polémica, puede leerse desde otra óptica: quizás estos legisladores consideraron que sus acciones representaban una defensa de la estabilidad económica del país, priorizando el interés público por encima de las estrategias partidarias.

No obstante, el modo en que los diputados gestionaron esta situación también es cuestionable. La «selfie festiva» en la Casa Rosada, interpretada como un gesto provocador, es un claro ejemplo de cómo la política simbólica puede volverse un arma de doble filo. En una era donde las redes sociales amplifican cada gesto, los representantes deben ser conscientes de cómo sus acciones son percibidas, no solo por sus colegas, sino por la ciudadanía.

Reflexión ética: ¿autonomía o disciplina?

Desde lo ético, la expulsión de estos diputados nos lleva a reflexionar sobre el equilibrio entre autonomía y disciplina partidaria. ¿Es ético sancionar a un legislador por buscar puntos de diálogo con otros espacios políticos? ¿Debe castigarse el pragmatismo en un contexto de crisis nacional? Estas preguntas no tienen respuestas simples, pero son esenciales para entender el significado de la representación política.

El filósofo alemán Jürgen Habermas señala que la política debe basarse en el diálogo y la deliberación. Si los partidos pierden de vista este principio, corren el riesgo de convertirse en instituciones autorreferenciales, más preocupadas por su supervivencia interna que por su capacidad para generar soluciones colectivas.



¿Y el ciudadano?

El ciudadano, al final del día, es quien paga el costo de estas disputas internas. Cuando un partido prioriza sancionar a sus miembros por no ajustarse a una ortodoxia ideológica, puede enviar un mensaje de intolerancia y cerrazón. Por otro lado, los legisladores también tienen una responsabilidad: ser transparentes en sus decisiones y demostrar que sus acciones responden al bien común, no a intereses personales o estrategias de poder.

En este caso, la UCR enfrenta el desafío de definir su identidad en un contexto político fragmentado, mientras que los diputados expulsados deberán explicar cómo sus decisiones respondieron a sus principios éticos y no a simples conveniencias políticas.

En definitiva, la expulsión de estos tres legisladores es un recordatorio de las tensiones inherentes a la democracia. Como ciudadanos, debemos exigir una política que sea capaz de dialogar, negociar y priorizar el bienestar colectivo por encima de las disputas internas. La ética en política no consiste en seguir ciegamente las reglas del partido, sino en actuar de manera coherente con los principios democráticos y el bien común.





  En una inusual expresión de autocrítica, el Diputado Miguel Angel Picheto reflexionó hoy sobre la agitada sesión en la Cámara baja. El p...

 



En una inusual expresión de autocrítica, el Diputado Miguel Angel Picheto reflexionó hoy sobre la agitada sesión en la Cámara baja. El político argentino pidió disculpas por su anterior manifestación, destacando que sus críticas no estaban dirigidas a los diputados, sino a la barra y a quienes proferían insultos en el recinto.


La autocrítica del Diputado Miguel Angel Picheto, aunque valiosa, deja un sabor amargo al reconocer los problemas de la sesión en la Cámara baja. Si bien es loable que haya pedido disculpas y señalado la importancia de preservar la dignidad institucional, resulta insuficiente para abordar la raíz de los problemas evidenciados en el Congreso argentino.

La crítica del legislador a la falta de disciplina y especialización en los discursos actuales revela una nostalgia por un pasado que quizás idealiza. En lugar de ofrecer soluciones concretas para mejorar el debate y la calidad de la discusión legislativa, su intervención parece limitarse a lamentar la situación actual.

La preocupación expresada por el deterioro de la política como valor y la representación institucional es válida, pero sería más constructivo que los políticos, incluido Picheto, se comprometieran activamente a cambiar esta dinámica. Se necesita un esfuerzo colectivo para fomentar un ambiente de respeto, disciplina y especialización en el que los debates se centren en los asuntos relevantes para el país.

La reflexión que surge de estas palabras es la necesidad urgente de una reforma profunda en la cultura política argentina. Es crucial que los legisladores vayan más allá de las disculpas y trabajen en medidas concretas para mejorar la calidad de los debates, fomentar la especialización en los temas tratados y, sobre todo, reconstruir la confianza de la ciudadanía en sus representantes.

Este episodio sirve como recordatorio de que la responsabilidad recae no solo en reconocer los problemas, sino en emprender acciones decididas para cambiar el rumbo. La política no puede ser solo un reflejo de la sociedad; debe ser un espacio donde se construyan soluciones y se promueva el bien común. La sociedad argentina merece un Congreso que esté a la altura de sus expectativas y que trabaje incansablemente para mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos.



    Por Gustavo Restivo El avance de los líderes evangélicos en la política argentina, y particularmente en Córdoba, ya no es un fenómeno ...

 



 Por Gustavo Restivo

El avance de los líderes evangélicos en la política argentina, y particularmente en Córdoba, ya no es un fenómeno marginal ni casual. Es parte de una transformación social profunda que, desde los márgenes, comienza a reconfigurar las dinámicas del poder. En tiempos de descrédito hacia los partidos tradicionales, muchos ciudadanos encuentran en los credos —especialmente los evangélicos— no solo contención espiritual, sino también representación social y política.

Un hecho reciente aporta elementos para el análisis: el gobernador Martín Llaryora derogó artículos de una normativa que imponía restricciones administrativas a las iglesias, facilitando su legalización como personas jurídicas religiosas. El gesto fue interpretado como un avance en la libertad de cultos, pero también como un movimiento táctico frente a un actor político en ascenso. ¿Fue una concesión bajo presión? ¿Tal es el poder de movilización de los credos que los gobiernos prefieren sumarlos antes que enfrentarlos?

Hay que tener en cuenta la creciente capacidad de movilización territorial de estas iglesias. En numerosos barrios, donde el Estado es ausente o ineficiente, las comunidades evangélicas ya hicieron el trabajo: asistencia, redes de solidaridad, liderazgo moral. ¿Será que los sectores políticos están acudiendo a esas entidades que ya hicieron base? ¿Cuál es el motivo de esta jugada de piezas? No se trata solo de fe: se trata de estructura, votos y legitimidad.


Un análisis más profundo, como el que desarrolla Pablo Semán en su trabajo “Evangélicos, política y poder en la Argentina reciente”, muestra que el crecimiento de los evangélicos no fue lineal ni uniforme. Su politización es reciente y se explica más por la sedimentación territorial, el rechazo a la agenda de género y la búsqueda de reconocimiento, que por una ideología homogénea. En efecto, hasta hace pocos años los evangélicos votaban, en términos generales, como sus vecinos católicos: peronismo en los sectores populares y antiperonismo en las clases medias. Pero eso cambió.

Desde la masiva movilización contra la legalización del aborto en 2018, los evangélicos pasaron a ser un actor público de peso, con capacidad de disputar calle y agenda. Al no contar con una organización verticalizada, como la Iglesia Católica, su accionar es más fragmentado pero también más dinámico. Esta fluidez les permite formar alianzas transversales: en 2019, apoyaron desde Juntos por el Cambio hasta candidaturas propias como la de Cynthia Hotton, pasando por sectores del peronismo que comprendieron la importancia de contenerlos sin confrontarlos directamente.

El documento del CONICET remarca una paradoja: aunque no logran consolidar un “voto evangélico” unificado, su peso simbólico y territorial ha hecho que los principales espacios políticos busquen integrarlos. En palabras de Semán, los evangélicos se convirtieron “en dinamizadores del giro político autoritario”, especialmente allí donde las agendas de diversidad y género generaron fricciones con los sectores conservadores.


En este escenario, el caso del pastor Héctor Giménez, acusado por estafas y curas milagrosas durante la pandemia, y otros similares, exponen la necesidad de establecer límites claros entre libertad religiosa y responsabilidad pública. La fe, cuando se convierte en plataforma de poder sin regulación, puede ser funcional a intereses ajenos al bien común.

La decisión de Llaryora, entonces, debe leerse en clave política: no solo como una política de inclusión, sino como una estrategia de acercamiento a sectores evangélicos con creciente peso electoral. Y si bien eso no es ilegítimo en una democracia plural, plantea el desafío de preservar la autonomía del Estado frente a influencias confesionales que podrían poner en riesgo principios básicos de la laicidad y los derechos individuales.

La fe puede orientar, inspirar, humanizar. Pero no puede reemplazar al debate democrático, ni imponer moralinas por sobre derechos consagrados. La sociedad argentina deberá estar atenta para que este nuevo actor político no se convierta en juez de lo público sin rendir cuentas. Porque entre el púlpito y el poder, lo que está en juego es mucho más que una elección: es el tipo de república que estamos dispuestos a defender.

  En la encrucijada de una sociedad marcada por líneas de pensamiento contrapuestas (la grieta), la tarea de alcanzar acuerdos y establecer ...

 



En la encrucijada de una sociedad marcada por líneas de pensamiento contrapuestas (la grieta), la tarea de alcanzar acuerdos y establecer posiciones comunes se convierte en un desafío complejo pero esencial. La polarización puede generar tensiones que amenazan la cohesión social y obstaculizan el progreso. Aquí, exploramos los desafíos fundamentales que enfrentamos al intentar llegar a consensos en un entorno tan dividido.

1. La Erosión de la Empatía:

Enfrentar perspectivas opuestas requiere la habilidad de comprender y respetar las experiencias y puntos de vista de los demás. La polarización a menudo erosiona la empatía, dando paso a la demonización del "otro". El primer desafío radica en restaurar la empatía, reconociendo la humanidad compartida a pesar de las diferencias ideológicas.

2. La Desconfianza Arraigada:

La polarización puede sembrar desconfianza, haciendo que la colaboración sea aún más difícil. Superar este obstáculo implica reconstruir la confianza a través de la transparencia, el diálogo honesto y la búsqueda de objetivos comunes. La creación de espacios seguros para el intercambio de ideas es crucial para fomentar una cultura de confianza.

3. La Resistencia al Cambio:

A menudo, las posiciones arraigadas en ideologías se resisten al cambio. El desafío aquí es promover un ambiente en el que la adaptabilidad sea vista como una fortaleza en lugar de una debilidad. La flexibilidad cognitiva es esencial para ajustar perspectivas y encontrar soluciones que beneficien a ambas partes.

4. La Importancia del Diálogo Constructivo:

El diálogo es la piedra angular para la resolución de conflictos y la construcción de consensos. Sin embargo, la forma en que se lleva a cabo el diálogo es crucial. Es necesario fomentar un ambiente donde las conversaciones sean respetuosas, basadas en hechos y orientadas hacia la búsqueda de soluciones, en lugar de perpetuar la confrontación.

5. La Necesidad de Líderes Mediadores:

En tiempos de división, la figura de líderes mediadores se vuelve esencial. Aquellos que pueden transcender las diferencias, buscar el entendimiento y liderar con empatía son fundamentales para facilitar el proceso de reconciliación y construcción de puentes.

En última instancia, la superación de los desafíos en una sociedad dividida requiere un esfuerzo conjunto. La construcción de consensos no es solo la responsabilidad de líderes políticos, sino también de cada ciudadano comprometido en la búsqueda de un terreno común donde la diversidad de pensamiento se vea como una fuente de fortaleza y no de discordia.

  Por Gustavo Restivo El 21 de abril de 2025 quedará en la historia como el día en que despedimos a Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francis...

 




Por Gustavo Restivo


El 21 de abril de 2025 quedará en la historia como el día en que despedimos a Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco, el primer pontífice nacido en tierras argentinas, el hombre que llevó la voz de los márgenes al centro mismo del mundo. Sin embargo, entre nosotros, en su patria, su figura fue objeto de una paradoja dolorosa: lo tuvimos cerca, pero lo mantuvimos distante; fue nuestro, pero nunca lo abrazamos del todo.

La muerte de Francisco no sólo nos obliga a mirar su legado espiritual y pastoral, sino que también nos confronta con una verdad incómoda: los argentinos hemos perdido una oportunidad única, quizás irrepetible, de tener en Roma una voz que hablaba con nuestro acento, entendía nuestras heridas, y pensaba desde nuestros códigos culturales. Y no supimos —o no quisimos— capitalizarlo.

Desde el inicio de su pontificado en 2013, Francisco dejó claro que no venía a representar intereses de poder ni a perpetuar vanidades clericales. Vino a sacudir estructuras, a incomodar a los instalados, a poner en el centro a los pobres, los migrantes, los descartados. Para muchos en el mundo, su estilo despojado y su firmeza evangélica fueron un aire fresco. Para nosotros, en cambio, parecieron motivos de sospecha.


Lo acusamos, sin demasiadas sutilezas, de “peronista”, de “intervenir en política”, de “no querer venir al país”. Algunos sectores de la prensa, ciertos políticos y no pocos ciudadanos construyeron una narrativa de reproches: que no apoyaba a tal o cual gobierno, que tenía preferencias ideológicas, que su silencio era una forma de tomar partido. Como si el Papa, por el solo hecho de ser argentino, debiera haberse puesto la camiseta de alguna de nuestras eternas facciones.

Nunca entendimos que su distancia era un acto de amor y prudencia, no de indiferencia. Que su negativa a visitar Argentina durante los años de fractura política era un modo de no echar leña a un fuego ya demasiado encendido. Preferimos leer en su actitud un desdén que nunca existió. Y así, con mezquindad y cortedad de miras, lo fuimos maltratando.

Mientras el mundo lo admiraba —lo escuchaban en el Congreso de Estados Unidos, lo citaban líderes de todas las religiones, lo veneraban en África, en Asia, en los rincones más recónditos—, en su patria se sembraban dudas y desconfianzas. Fue, quizá, una manifestación más de esa enfermedad profunda que a veces nos aqueja: la incapacidad de reconocer el talento propio, la tendencia a menospreciar a quien surge de entre nosotros, como si el solo hecho de ser argentino le restara legitimidad universal.


Hoy que ya no está, el vacío que deja es también un espejo en el que deberíamos mirarnos. ¿Por qué nos cuesta tanto valorar lo que es nuestro? ¿Por qué exigimos alineamientos incondicionales y castigamos la autonomía de pensamiento? ¿Por qué confundimos la cercanía con la obsecuencia?

Francisco no fue el Papa de los argentinos. Fue un Papa desde Argentina para el mundo. Y en eso radicaba, precisamente, su grandeza. Hablaba con acento porteño, sí, pero pensaba con una mente católica en el sentido más profundo del término: universal, abierta, atenta a todos.

Ahora, mientras su figura comienza a pasar de la historia viva a la memoria, tenemos la oportunidad —quizás la última— de reconciliarnos con su legado. De leerlo sin prejuicios. De escuchar su llamado a una Iglesia pobre para los pobres, a una política al servicio del bien común, a una economía que no mate, a una cultura del encuentro.

Tarde, como casi siempre, pero no del todo tarde.


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  Por Gustavo Restivo En “La Visión de los Papas comentada” recuperamos aquellas enseñanzas del magisterio que, lejos de envejecer, iluminan...

 



Por Gustavo Restivo

En “La Visión de los Papas comentada” recuperamos aquellas enseñanzas del magisterio que, lejos de envejecer, iluminan el presente con una claridad insólita. Hoy, Pacem in Terris no es solo memoria; es desafío.



Hace sesenta y dos años, en abril de 1963, el Papa Juan XXIII sorprendió al mundo con una encíclica revolucionaria: Pacem in Terris (Paz en la Tierra). Publicada en pleno auge de la Guerra Fría, pocos meses después de la crisis de los misiles en Cuba, el documento no fue dirigido únicamente al pueblo católico, sino “a todos los hombres de buena voluntad”. Esta decisión ya anticipaba la ambición universalista del texto: construir una paz verdadera no desde el miedo o el equilibrio militar, sino desde un orden moral basado en la dignidad humana, los derechos, obligaciones y la fraternidad universal.

La visión de 1963: ética frente a la fuerza

Juan XXIII parte de una convicción audaz para su tiempo: la paz no es simplemente la ausencia de guerra, sino el fruto de un orden querido por Dios e inscrito en la conciencia humana. Frente al modelo realista de relaciones internacionales —basado en la fuerza, la disuasión y el interés—, el Papa propone una alternativa; un orden natural sustentado en la verdad, la justicia, la caridad y la libertad. Para él, la persona humana no es un objeto ni un número en las estadísticas del poder, es sujeto de derechos, pero también de deberes (obligaciones). La paz se construye —sostiene— reconociendo a cada ser humano como imagen de Dios y ciudadano del mundo.

Lo notable es que esta visión no se queda en un plano espiritual. Pacem in Terris se anticipa a debates fundamentales de nuestro tiempo como el derecho a migrar, el respeto a las culturas, el rol de las mujeres en la vida pública, la necesidad de una autoridad global que proteja el bien común planetario. En 1963, Juan XXIII ya advertía que el armamentismo era una falsa garantía de paz, y que las desigualdades y la exclusión eran las verdaderas semillas del conflicto.


Su vigencia hoy: más urgente que nunca

¿Tiene actualidad Pacem in Terris? No solo la tiene, es quizás más vigente ahora que cuando fue escrita. La proliferación de guerras (Ucrania, Gaza, el Sahel), la fragmentación del orden internacional, la crisis migratoria, la polarización política y el resurgimiento de discursos totalitarios, plantean un escenario dramáticamente similar al de la posguerra. La diferencia es que hoy, el cinismo global ha erosionado incluso la esperanza de que otro orden sea posible.

En ese sentido, el texto de Juan XXIII funciona como brújula moral, propone que la política no puede disociarse de la ética, que la dignidad humana es innegociable, y que la libertad solo es plena si se ejerce con responsabilidad y en comunidad. Aun en tiempos de posverdad, la encíclica insiste en que la verdad —esa palabra tan vapuleada— es el primer pilar de la paz.

Límites y desafíos actuales

Por supuesto, Pacem in Terris también encuentra límites en el presente. Su propuesta de una autoridad pública mundial con legitimidad moral sigue siendo una utopía difícil de materializar, especialmente en un sistema internacional marcado por la competencia y el debilitamiento del multilateralismo. Del mismo modo, su apelación al derecho natural puede parecer ingenua o insuficiente frente a los desafíos jurídicos y políticos complejos de nuestro tiempo.

Además, si bien la encíclica promueve una visión profunda del ser humano, no se detiene lo suficiente en cuestiones como el medioambiente —que décadas después abordará Laudato Si’— ni en las nuevas formas de colonialismo digital o financiero que atraviesan hoy la globalización.


Un humanismo profético

A pesar de estos límites, Pacem in Terris conserva una potencia profética: no es una receta técnica, sino un acto de fe en la humanidad. Nos recuerda que los pueblos no están condenados a matarse si se reconocen como hermanos. Que la autoridad política debe estar al servicio del bien común y no del lucro o la ideología. Y que la paz, en definitiva, se construye desde abajo, desde el respeto mutuo, la participación democrática y la solidaridad concreta.

En tiempos de caos, la voz serena de Juan XXIII resonaría como una señal en medio del ruido. Nos invita a levantar la vista, a mirar más allá del conflicto, y a recuperar la esperanza de una paz que no se impone, sino que se construye —día a día— con verdad, justicia, caridad y libertad.



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