Por Gustavo Restivo
La escena política argentina atraviesa una mutación silenciosa pero profunda: mientras los partidos tradicionales se fragmentan y pierden capacidad de representación, emergen nuevas formas de liderazgo que ya no se legitiman en la discusión pública sino en la conexión emocional. En ese desplazamiento, figuras como Dante Gebel dejan de ser exclusivamente religiosas para convertirse en síntomas de una época donde la política ha cedido terreno, y donde la fe —o su puesta en escena— comienza a ocupar un lugar que antes pertenecía al debate, la ideología y la construcción colectiva.
Hay países que se degradan por la pobreza y otros por la pérdida de sentido. La Argentina parece haber elegido este segundo camino, más silencioso y acaso más peligroso. En ese vacío simbólico, donde la política ha dejado de ofrecer horizontes y apenas administra ruinas, emergen figuras como Dante Gebel: no como anomalías, sino como productos inevitables.
Pero sería un error atribuirle a los evangélicos una astucia que la política ha perdido. Como bien señalaba el análisis de “Pastores al Poder”, no hay aquí una conspiración sino una oportunidad. Donde los partidos se vaciaron, otros ocuparon el espacio. Donde la militancia se convirtió en simulacro, las iglesias ofrecieron comunidad real. La pregunta, entonces, no es por qué avanzan, sino por qué nadie pudo detener esa avanzada.
El dato más inquietante no es que un pastor sea tentado por un peronismo fragmentado —eso responde a la lógica oportunista de un sistema en crisis—, sino que esa invitación resulte verosímil. Que la política, incapaz de regenerarse, busque en la fe una prótesis de legitimidad, revela hasta qué punto ha renunciado a sí misma.
En la Argentina, gobernar por fuera de estructuras es imposible; pero esas estructuras han perdido toda densidad moral. No hay examen de conciencia, no hay mea culpa, no hay siquiera explicación. Solo hay representación sin representados, poder sin responsabilidad, discurso sin verdad. El ciudadano, agotado, ya no espera redención: apenas administra su desencanto.
Tal vez, después de todo, la pregunta no sea si estamos ante un país “psiquiatrizado”, sino ante uno que ha decidido abdicar de la razón política. Y cuando eso ocurre, la historia ofrece pocas alternativas: o se reconstruye el sentido de lo público, o se acepta que otros —pastores, influencers, caudillos— lo harán en su lugar. Con menos preguntas y, casi siempre, con respuestas demasiado simples.
Fuente: (1) Nota recuperada de https://www.eldiplo.org/322-la-fiebre-de-la-guerra/vuela-gebel/
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