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domingo, 8 de marzo de 2026 marzo 08, 2026

Cuando el partido se debilita, aparece el caudillo




Por Gustavo Restivo

En las últimas décadas, los sistemas políticos de muchas democracias han experimentado transformaciones profundas que desafían los esquemas clásicos de representación. Los partidos tradicionales —aquellas organizaciones que durante gran parte del siglo XX estructuraron la competencia electoral, organizaron identidades políticas estables y canalizaron demandas sociales— muestran hoy signos evidentes de debilitamiento. La caída en la afiliación partidaria, la volatilidad electoral y la creciente desconfianza ciudadana hacia las estructuras políticas formales son algunos de los indicadores más visibles de este proceso.

En este contexto, comienza a surgir una pregunta central para el análisis político contemporáneo: si los partidos pierden capacidad de intermediación, ¿quién ocupa ese lugar en la relación entre sociedad y poder? Cada vez con mayor frecuencia, la política parece organizarse alrededor de liderazgos individuales fuertes, figuras mediáticas o candidatos que construyen su legitimidad más en la conexión directa con el electorado que en la pertenencia a estructuras partidarias sólidas. Este fenómeno abre el debate sobre si estamos transitando hacia una etapa de política personalista, en la que el peso del liderazgo individual supera al de los programas y organizaciones colectivas.

Comprender este cambio requiere analizar no solo la crisis de los partidos, sino también las transformaciones más amplias del ecosistema político: el impacto de las redes sociales en la comunicación pública, la fragmentación de las identidades ideológicas tradicionales, la aceleración de los ciclos informativos y la creciente desconfianza hacia las instituciones. En suma, la pregunta de fondo no es únicamente si los partidos están debilitándose, sino qué tipo de política está emergiendo en su lugar y cuáles pueden ser sus consecuencias para la calidad de la democracia.

Durante buena parte del siglo XX la política argentina se organizó alrededor de estructuras partidarias relativamente estables. El peronismo y el radicalismo, con sus distintas corrientes internas, funcionaron durante décadas como grandes sistemas de identidad política. Los votantes no elegían solamente candidatos: elegían pertenencias. Los partidos eran, en ese sentido, instituciones que organizaban el debate público, formaban dirigentes y canalizaban las demandas sociales.



Ese esquema comenzó a resquebrajarse lentamente hacia fines del siglo pasado y terminó de entrar en crisis con el colapso institucional de 2001, durante el gobierno de Fernando de la Rúa. La consigna que dominó las calles en aquellos días —“que se vayan todos”— no estaba dirigida a un partido en particular, sino a todo el sistema de representación política. Allí comenzó a hacerse visible un proceso que todavía continúa: el debilitamiento de los partidos como estructuras orgánicas y la creciente centralidad de los liderazgos individuales.

En ese contexto, algunos episodios se transformaron en verdaderos símbolos del cambio. Uno de los más recordados fue el caso de Eduardo Lorenzo Borocotó. Elegido diputado nacional en 2005 por una lista opositora vinculada al espacio de Mauricio Macri, Borocotó anunció antes de asumir que se integraría al bloque oficialista alineado con el entonces presidente Néstor Kirchner. El impacto mediático fue inmediato. Desde entonces, la palabra “borocotización” quedó instalada en el vocabulario político argentino para describir el traspaso oportunista de dirigentes entre espacios.

Más allá del caso puntual, lo relevante fue lo que ese episodio dejó al descubierto: la creciente fragilidad de las identidades partidarias. Si un dirigente podía cambiar de espacio político con tanta facilidad, la pregunta inevitable era si el voto pertenecía al partido o al candidato. Y detrás de esa pregunta aparecía otra más profunda: ¿seguían siendo los partidos los verdaderos organizadores de la política?

En los años posteriores, la tendencia se hizo cada vez más visible. Las campañas comenzaron a girar más alrededor de las figuras que de los programas, los partidos se transformaron con frecuencia en coaliciones electorales temporarias y el liderazgo personal pasó a ocupar el centro de la escena. Las nuevas tecnologías de comunicación, especialmente las redes sociales, aceleraron este proceso al permitir que los dirigentes establezcan una relación directa con el electorado, muchas veces sin mediaciones institucionales.

La política contemporánea parece moverse cada vez más en ese terreno. Los partidos siguen existiendo, pero muchas veces funcionan más como plataformas electorales que como comunidades políticas duraderas. En lugar de estructuras que moldean liderazgos, son los liderazgos los que terminan moldeando a los partidos.

El fenómeno no es exclusivo de Argentina. En numerosas democracias del mundo se observa una tendencia similar: fragmentación del sistema político, debilitamiento de las organizaciones tradicionales y emergencia de figuras con fuerte impronta personal. Sin embargo, en nuestro país el proceso adquiere características particulares porque se combina con una larga tradición de liderazgos fuertes y con una sociedad que, después de repetidas crisis, mantiene una relación ambivalente con sus instituciones.

Tal vez el episodio de Borocotó no haya sido el comienzo de este proceso, pero sí fue uno de sus momentos más reveladores. Como suele ocurrir en política, un hecho puntual terminó iluminando una transformación más profunda: la lenta transición desde una política de partidos hacia una política cada vez más centrada en los individuos.

Y en ese cambio —todavía en desarrollo— se juega buena parte del futuro de nuestra democracia.




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domingo, 1 de marzo de 2026 marzo 01, 2026

El fin de una era y el inicio de una crisis global: la muerte de Jamenei y las consecuencias del ataque combinado de EE.UU. e Israel




  por Gustavo Restivo

El ayatolá Ali Jamenei, líder supremo de la República Islámica de Irán desde 1989, murió ayer 28 de febrero de 2026 en un ataque militar conjunto de Estados Unidos e Israel contra Teherán, confirmaron este domingo fuentes estatales iraníes tras una jornada de caos y combates en todo el país. Jamenei, de 86 años, encabezó durante casi cuatro décadas un sistema teocrático basado en la autoridad religiosa y el control absoluto de las instituciones políticas, militares y judiciales de Irán. Su liderazgo se caracterizó por una postura intransigente frente a Occidente, el fomento de redes de influencia en Oriente Medio y la persistente confrontación con Washington y Jerusalén.

El ataque, bautizado por el Pentágono como Operation Epic Fury y ejecutado con la coordinación de aviones, misiles y drones estadounidenses e israelíes, tenía como objetivos críticos instalaciones militares, nodos de mando y, según fuentes de inteligencia de EE.UU., la ubicación de Jamenei y otros líderes del régimen. Israel declaró que la muerte del ayatolá fue resultado de “una operación precisa” basada en datos aportados por la CIA. La confirmación final del fallecimiento llegó tras la difusión por parte de medios estatales iraníes de la noticia y el inicio de un luto nacional de 40 días.

Desde la perspectiva de Washington y Tel Aviv, la ofensiva responde a una amenaza acumulada. En los últimos años, Teherán aceleró su programa nuclear tras el colapso de las negociaciones diplomáticas, expandió su respaldo a actores como Hezbolá, Hamas y los hutíes, y profundizó vínculos estratégicos en Siria e Irak. La combinación de estos factores alimentó la percepción en EE.UU. e Israel de que la República Islámica perseguía capacidades que desestabilizarían aún más una región ya fracturada, justificando lo que calificaron como un ataque preventivo de gran escala.

No obstante, el costo inmediato ha sido devastador. Las fuerzas iraníes han respondido con misiles y drones contra bases estadounidenses en el Golfo y objetivos israelíes, ampliando el conflicto a múltiples frentes. El impacto en la población civil es grave: cientos de muertos y miles de heridos se registran en varias provincias y ciudades, incluido un ataque contra una escuela en Minab que causó decenas de víctimas entre ellos niños.

A nivel geopolítico, la situación muestra dos vectores: por un lado, la eliminación de Jamenei representa un golpe sin precedentes al centro de poder iraní, cuya figura era el eje de la política exterior y de seguridad de la República Islámica. Por otro, el vacío de liderazgo y la ausencia de un sucesor claramente establecido abren la puerta a una fase de inestabilidad interna, donde los cuerpos de poder militar —especialmente la Guardia Revolucionaria— podrían disputar el control, incrementando el riesgo de una prolongada guerra regional.

La muerte de Jamenei y la escalada armada redefinen el mapa de tensiones en Oriente Medio con consecuencias globales: actores como Rusia y China han condenado el ataque, mientras potencias europeas instan a la desescalada. En tanto, la incertidumbre sobre el futuro político de Irán y la posible redefinición de su posición estratégica constituyen el desafío más inmediato para la diplomacia y la seguridad internacional.

Irán tras la muerte de Jamenei: transición institucional bajo fuego cruzado

La muerte de Ali Jamenei, confirmada tras el ataque coordinado de Estados Unidos e Israel sobre Teherán, no sólo cerró un ciclo de 37 años de liderazgo absoluto; abrió una etapa de transición en medio de una confrontación militar abierta. A los 86 años, el líder supremo —eje del sistema político-religioso iraní desde 1989— fue alcanzado en una ofensiva que Washington y Tel Aviv presentaron como un golpe estratégico contra la arquitectura de poder del régimen.

Masud Pezeshkian

En las horas posteriores, la Asamblea de Discernimiento de Conveniencia del Sistema anunció la conformación de un consejo interino tripartito para garantizar la continuidad del Estado hasta que la Asamblea de Expertos designe a un nuevo líder supremo. El cuerpo quedó integrado por el presidente Masud Pezeshkian, el jefe del Poder Judicial Golamhosein Mohseni Eyei y el ayatolá Alireza Arafi, jurista del Consejo de los Guardianes y referente del clero político.

La fórmula busca enviar una señal de estabilidad en un momento crítico. Pezeshkian aporta legitimidad ejecutiva; Mohseni Eyei, control institucional y judicial; Arafi, anclaje doctrinal y vínculo con el órgano que supervisa la constitucionalidad y los procesos electorales. Sin embargo, el equilibrio real dependerá del posicionamiento del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), actor con capacidad operativa y ascendencia estratégica sobre la política de seguridad y el programa misilístico.

Golamhosein Mohseni Eyei

El trasfondo del ataque remite a una escalada sostenida: aceleración del programa nuclear iraní tras el colapso de negociaciones, expansión del apoyo a actores armados en la región y sucesivas advertencias israelíes sobre la “línea roja” estratégica. La respuesta iraní —misiles y drones contra objetivos israelíes y posiciones estadounidenses en el Golfo— confirma que el conflicto se mueve en una lógica de disuasión ampliada.

En el plano interno, la transición se produce con una economía presionada por sanciones, inflación estructural y malestar social acumulado. La elección del sucesor será determinante: un perfil alineado con la línea dura consolidaría la doctrina de resistencia; una figura más pragmática podría explorar canales de desescalada sin alterar los pilares del sistema.

ayatolá Alireza Arafi

La clave inmediata no es sólo quién suceda a Jamenei, sino cómo interactúen el consejo interino, la Asamblea de Expertos y la Guardia Revolucionaria. En esa articulación se juega no sólo la estabilidad de Irán, sino el alcance de una crisis que ya trascendió sus fronteras y reconfigura el equilibrio de poder en Medio Oriente.


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lunes, 23 de febrero de 2026 febrero 23, 2026

La política en lo fantástico: una relectura de Julio Cortázar



Por Gustavo Restivo

La reciente conmemoración del fallecimiento de Julio Cortázar ha reavivado una de las discusiones más fascinantes de la crítica literaria argentina: la porosidad de sus relatos fantásticos ante la realidad social. El análisis del Dr. Carlos Cámpora resulta fundamental para desentrañar esta relación, proponiendo que la política en Cortázar no siempre es un manifiesto explícito, sino una estructura que se filtra a través de la irrupción de lo insólito.

A poco de conmemorarse otro aniversario del fallecimiento de Julio Cortázar, ocurrido el 12 de febrero de 1984, la revisión de su legado nos invita a mirar más allá de la superficie de sus relatos. Si bien su literatura es celebrada por la maestría en el género fantástico, existe una dimensión menos evidente pero profundamente arraigada en su contexto: la política.

Como bien ha analizado el Dr. Carlos Cámpora, la relación de Cortázar con la política argentina, especialmente su rechazo inicial al peronismo (que luego tildaría de "error de juventud"), se filtró en sus cuentos de una manera estructural. A diferencia del realismo, donde el conflicto social es explícito, en la obra cortazariana la política se manifiesta a través de la irrupción de lo insólito, rompiendo la calma de una realidad que se creía segura.

La metáfora de la invasión

El ejemplo paradigmático de esta tensión es, sin duda, "Casa tomada". Aunque Cortázar sostuvo que el relato nació de una pesadilla y no de una intención política consciente, admitió que esa interpretación es válida. La lectura de críticos como Juan José Sebreli y Germán Rozenmacher se ha vuelto ineludible: la ocupación de la casa por entes desconocidos puede leerse como la angustia de la clase media ante la irrupción de las masas populares o "cabecitas negras" en la escena nacional.

Esta "invasión" no se limita a un solo cuento. En "La banda", el personaje de Lucio Medina vive un episodio de extrañamiento en el cine Ópera al encontrarse rodeado de un público que considera "fuera de lugar", vinculado explícitamente a la compañía Alpargatas. Aquí, la política no es un discurso, sino una sensación de pérdida de territorio y de una realidad que se vuelve ajena.

Del rechazo a la autocrítica

Resulta fascinante observar, como señala Cámpora, la evolución del autor. En "Las puertas del cielo", Cortázar describe de manera despectiva a los sectores populares como "monstruos", una visión que el propio escritor sometería a una severa autocrítica en 1970, calificando el cuento de "reaccionario".

Esta capacidad de transformación intelectual es lo que hace que su obra siga viva. Cortázar no solo narró lo fantástico; lo utilizó como un dispositivo para procesar las tensiones de una Argentina en transformación.

Conclusión

Hoy, leer a Cortázar en clave política no es un ejercicio caprichoso, sino una forma de reconocer que la literatura nunca es neutral. Lo fantástico, en sus manos, fue la herramienta para interrogar un orden social que crujía. Como los hermanos de "Casa tomada", a veces preferimos tirar la llave a la alcantarilla antes que enfrentar lo que habita en el pasillo; pero la literatura, afortunadamente, siempre nos obliga a volver a mirar.

  • Dr Carlos Cámpora: Lic en Letras (UBA), Dr en Ciencias Sociales (UBA)

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domingo, 8 de febrero de 2026 febrero 08, 2026

América Latina otra vez bajo lupa: geopolítica dura en el viejo hemisferio





 Por Gustavo Restivo


El hemisferio vuelve… pero como campo de disputa

América Latina ha sido presentada durante años como una periferia irrelevante para la política exterior de Estados Unidos. Sin embargo, el reciente replanteo estratégico norteamericano sugiere un retorno de la región al centro de la agenda geopolítica. No como socio estratégico ni como aliado comercial prioritario, sino como territorio a controlar, ordenar y disciplinar dentro de una lógica hemisférica renovada.

La lectura que emerge del análisis publicado por Le Monde Diplomatique es clara: la nueva narrativa de seguridad estadounidense redefine el vínculo con América Latina desde parámetros de seguridad dura y competencia estratégica. La región deja de ser un espacio marginal para convertirse nuevamente en un perímetro geopolítico relevante en un contexto global signado por la rivalidad entre potencias, la fragmentación del orden internacional y la creciente disputa por recursos y alineamientos.

Una doctrina que reinterpreta la historia

El giro no es meramente táctico. Remite a una tradición histórica de pensamiento estratégico que concibe al hemisferio occidental como zona de influencia natural de Washington. Lo novedoso no es la pretensión de control —que tiene raíces profundas— sino la forma en que se rearticula hoy: bajo el paraguas de la seguridad nacional, la lucha contra amenazas híbridas y la competencia con actores extrahemisféricos.

Desde esta perspectiva, América Latina vuelve a ser vista como un espacio vulnerable a la penetración de rivales estratégicos y a la proliferación de regímenes incómodos para los intereses estadounidenses. El problema no es únicamente ideológico; es logístico, tecnológico y militar. El hemisferio reaparece entonces como tablero de prevención más que como plataforma de cooperación.

El riesgo de la subordinación estratégica

Este enfoque tiene consecuencias directas para los países latinoamericanos. La región enfrenta el riesgo de quedar atrapada en una dinámica binaria, obligada a elegir alineamientos en un contexto internacional cada vez más polarizado. La lógica del “perímetro a disciplinar” implica una relación asimétrica donde el margen de autonomía regional se reduce y las agendas locales quedan subordinadas a prioridades externas.

Además, la narrativa securitaria tiende a invisibilizar los desafíos estructurales internos —desigualdad, crisis institucionales, fragilidad económica— que requieren respuestas multilaterales y cooperación horizontal. La securitización de la política exterior puede terminar reforzando gobiernos débiles, tensiones internas y dependencias estructurales, sin resolver los problemas de fondo.

Un hemisferio que debe repensarse

La verdadera cuestión no es solo cómo Estados Unidos redefine su política hacia América Latina, sino cómo la región responde a ese reposicionamiento. Persistir en una diplomacia reactiva —apelando a foros o discursos que asumen una relación simétrica inexistente— puede profundizar la irrelevancia política regional.

El desafío estratégico consiste en construir agendas propias, fortalecer mecanismos de coordinación regional y diversificar vínculos internacionales sin caer en lógicas de alineamiento automático. El retorno del hemisferio como problema no debería ser únicamente una preocupación para Washington; debería ser una señal de alarma para América Latina sobre su falta de cohesión estratégica.

Conclusión

El nuevo momento geopolítico muestra que América Latina ya no es irrelevante: vuelve a ser central, pero bajo una lógica de seguridad y control. La pregunta crucial es si la región aceptará ese encuadre o si logrará redefinir su papel desde una posición más autónoma y cooperativa. En un mundo que vuelve a organizarse en torno a esferas de influencia, la pasividad estratégica puede resultar tan peligrosa como la subordinación abierta.


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“Córdoba 2027: entre la estabilidad cordobesista y la presión del cambio nacional”




Por Gustavo Restivo

La política cordobesa atraviesa una fase de transición silenciosa pero profunda. Los datos recientes de imagen política muestran un escenario que no es de crisis, pero tampoco de hegemonía clara. En ese punto intermedio se define el rumbo hacia 2027: una provincia con gestión estable, electorado pragmático y una creciente influencia del clima político nacional sobre las decisiones locales.

El ranking federal de gobernadores ubica a Martín Llaryora con una imagen positiva cercana al 54% y en el octavo lugar nacional. Esto refleja una administración que mantiene niveles aceptables de aprobación y una percepción de orden institucional, pero sin alcanzar el liderazgo dominante que tuvieron otras etapas del cordobesismo.
La posición es sólida, pero también expone una realidad política: Córdoba dejó de ser el polo indiscutido del centro del país en términos de liderazgo simbólico, aun cuando sigue siendo uno de los motores económicos y electorales del interior.

El oficialismo provincial ha logrado algo que en la Argentina actual no es menor: estabilidad sin sobresaltos estructurales. La continuidad del modelo de gestión, el pragmatismo frente al gobierno nacional y la ausencia de conflictos internos graves sostienen una base política competitiva. Sin embargo, esa misma estabilidad tiene una contracara: la falta de una narrativa movilizadora que genere adhesión emocional fuerte. En tiempos de polarización nacional, la gestión eficiente ya no alcanza por sí sola para consolidar hegemonía electoral.

El contraste aparece con claridad cuando se observa la imagen de Javier Milei en la provincia. Córdoba figura entre los distritos donde el presidente alcanza niveles más altos de aprobación, con cerca del 57% de imagen positiva.
Esto revela una tensión estructural en el comportamiento del votante cordobés: puede respaldar una administración provincial moderada y al mismo tiempo apoyar discursos nacionales disruptivos. No se trata de una contradicción, sino de una lógica política dual que caracteriza al electorado local desde hace más de una década.

La baja imagen de figuras nacionales asociadas al kirchnerismo en la provincia confirma otro rasgo estructural: el espacio peronista tradicional tiene un techo electoral consolidado.
Esto no implica ausencia de voto peronista, sino su reformulación bajo identidades provinciales pragmáticas y alejadas de la lógica nacional clásica.

De cara a 2027, la provincia parece encaminarse hacia una competencia marcada por tres fuerzas potenciales. La primera es la continuidad cordobesista, que mantiene ventaja estructural gracias a su aparato territorial, su experiencia de gestión y su posicionamiento moderado. La segunda es una eventual consolidación libertaria provincial, todavía dependiente de la construcción de cuadros locales y de la evolución de la economía nacional. La tercera es una coalición opositora moderada que, aunque posible, sigue sin un liderazgo claro que rompa la polarización entre continuidad y cambio radical.

La economía nacional será el factor decisivo. Si el contexto económico mejora, el oficialismo provincial tendrá margen para consolidar su perfil pragmático y sostener continuidad. Si el deterioro persiste, el voto cordobés podría inclinarse hacia opciones disruptivas con mayor fuerza de lo que hoy sugieren las estructuras territoriales.

En síntesis, Córdoba no enfrenta hoy una crisis política, pero sí una redefinición de su identidad electoral. El desafío del oficialismo será pasar de la estabilidad administrativa al liderazgo político con narrativa propia. El desafío de las fuerzas emergentes será transformar adhesión nacional en construcción territorial real. Y el desafío del electorado será decidir si prioriza la continuidad que le garantiza previsibilidad o el cambio que promete ruptura con el statu quo.

La elección de 2027 no será simplemente una disputa de nombres. Será una prueba sobre qué modelo de representación quiere Córdoba en un país que ya dejó atrás la política tradicional y se mueve cada vez más por percepciones de gestión, identidad cultural y expectativas económicas.


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sábado, 31 de enero de 2026 enero 31, 2026

Cuando el ajuste gobierna y la política calla






Por Gustavo Restivo

Hay gobiernos que caen por corrupción, otros por incapacidad y algunos —los más peligrosos— por olvidar para qué gobiernan. Córdoba hoy no está frente a una crisis institucional ni ante un colapso económico inmediato. Está ante algo más silencioso y más profundo: el riesgo de administrar bien y conducir mal.

Martín Llaryora gobierna con orden, con disciplina fiscal y con control del sistema político. Tiene Presupuesto aprobado, mayoría legislativa y estructura territorial. Pero la política no se mide solo por la prolijidad de las cuentas. Se mide también por el vínculo que el poder mantiene con su gente. Y ese vínculo empieza a mostrar fisuras.

La provincia ajusta porque el país ajusta. Ajusta porque la Nación se retira. ¿Será porque hay recesión apretando? Lo que sí empieza a ser un problema es que el ajuste se aplique sin relato, sin horizonte y sin una explicación política que convoque.

Cuando el sacrificio no tiene sentido, se vuelve castigo.

El conflicto no es el problema, es el mensaje

Las marchas de los gremios estatales no son una conspiración ni una anomalía. Son un mensaje. Docentes, empleados públicos, judiciales y jubilados no protestan solo por salarios o aportes previsionales. Protestan porque sienten que el contrato histórico con el Estado se está rompiendo.

El peronismo cordobés construyó su hegemonía combinando orden fiscal con estabilidad social. No fue un modelo revolucionario, pero fue previsible. Hoy ese equilibrio se altera. El ajuste previsional, el diferimiento jubilatorio y la presión sobre la salud pública exponen algo más profundo: una crisis de representación.

La política suele cometer un error clásico: creer que los conflictos se resuelven solo con números. Pero los números ordenan, no convencen. Y sin convencimiento, la legitimidad se erosiona lentamente, hasta que un día ya no alcanza con gobernar bien.

Milei no avanza solo: avanza porque alguien deja espacio

Mientras Córdoba ajusta en silencio, Javier Milei grita. Y en política, el que grita primero no siempre tiene razón, pero suele quedarse con la escena. Milei no crece solo por sus aciertos; crece porque expresa un malestar que otros no interpretan.

Su discurso es brutal, pero simple: el Estado es el problema, el ajuste es la solución, el sacrificio es virtud. Cuando un gobierno provincial aplica ajuste sin explicar por qué, termina legitimando la lógica de su adversario.

Esta es la paradoja: Córdoba ajusta para sobrevivir, pero al hacerlo sin narrativa fortalece culturalmente al mileísmo. No se trata solo de votos, se trata de sentido común. Y cuando el sentido común cambia, la política llega tarde.

Gobernar no es solo administrar

La política no puede resignarse a ser contabilidad. Gobernar no es cerrar planillas: es conducir expectativas, ordenar conflictos y ofrecer futuro. Cuando la gestión se vuelve puramente técnica, la sociedad empieza a buscar respuestas en discursos extremos.

El riesgo no es perder una elección en 2027. El riesgo es más profundo: perder el alma del proyecto político. Porque cuando un gobierno deja de explicar, deja de escuchar y deja de convocar, otros ocupan ese vacío. Y no siempre con mejores ideas.

Llaryora todavía tiene tiempo. Tiene estructura, liderazgo y ventaja electoral. Pero ninguna hegemonía es eterna si se desconecta de su base social. El conflicto gremial no es una amenaza en sí mismo; es una señal de alerta. Ignorarla sería un error histórico.

2027 no será una elección más

La próxima elección no se jugará solo entre nombres. Se jugará entre modelos culturales. Entre una política que administra la escasez sin relato y otra que promete romper todo sin hacerse cargo de nada.

Si el ajuste continúa sin sentido colectivo, la elección se convertirá en un plebiscito. No sobre una gestión, sino sobre una forma de hacer política. Y cuando eso ocurre, el resultado nunca es neutral.

Recuperar la palabra

La política nació para darle sentido al conflicto, no para esconderlo. Córdoba necesita hoy más política, no menos. Más palabra, no solo más técnica. Más conducción, no solo más orden.

Porque cuando la política calla, otros gritan.
Y cuando otros gritan, la democracia se empobrece.


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sábado, 24 de enero de 2026 enero 24, 2026

Geopolítica: el mensaje de Mark Carney a las potencias medianas





Por Gustavo Restivo.-

El discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, en la Reunión Anual 2026 del Foro Económico Mundial en Davos no fue solo un balance de la situación global, sino un punto de inflexión teórico: la afirmación de que el mundo ya no está en una “transición” controlada, sino en una verdadera ruptura estructural del orden internacional. Con una honestidad inusual sobre el papel de los países del Atlántico en el sistema anterior y una contundente respuesta a la lógica de poder de Donald Trump, Carney planteó una teoría de acción para las potencias medianas, encapsulada en una frase que ya circula como la máxima del año: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”. Esta nota explora las dimensiones de ese mensaje: cómo redefine la crisis actual, cómo interpela directamente a Estados Unidos, y qué significa —estratégica y moralmente— para las democracias medianas en un mundo de rivalidades de poder sin límites.

El discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, en la Reunión Anual 2026 del Foro Económico Mundial en Davos no fue solo un balance de la situación global, sino un punto de inflexión teórico: la afirmación de que el mundo ya no está en una “transición” controlada, sino en una verdadera ruptura estructural del orden internacional. Con una honestidad inusual sobre el papel de los países del Atlántico en el sistema anterior y una contundente respuesta a la lógica de poder de Donald Trump, Carney planteó una teoría de acción para las potencias medianas, encapsulada en una frase que ya circula como la máxima del año: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”. Esta nota explora las dimensiones de ese mensaje: cómo redefine la crisis actual, cómo interpela directamente a Estados Unidos, y qué significa —estratégica y moralmente— para las democracias medianas en un mundo de rivalidades de poder sin límites.


En su discurso ante el Foro Económico Mundial de Davos 2026, el primer ministro canadiense Mark Carney trazó una de las reflexiones más lúcidas y provocadoras sobre el momento histórico que atraviesa el sistema internacional. Su sentencia —“Las potencias medias deben actuar juntas, porque si no estás en la mesa, estás en el menú”— condensó, en una fórmula brutalmente clara, la lógica de poder que domina la actual ruptura del orden mundial.

Carney no habló de transición, sino de quiebre. Desmontó la idea tranquilizadora de un simple ajuste del sistema liberal y la reemplazó por la noción de una fractura estructural: un mundo en el que las reglas ya no garantizan previsibilidad ni protección, sino que son utilizadas de manera selectiva por las grandes potencias. Aranceles, sanciones, control de cadenas de suministro, infraestructura financiera y tecnologías críticas funcionan hoy como instrumentos de presión. La globalización, en este contexto, deja de ser un espacio de integración y se convierte en un campo de disputa.

El mensaje tuvo un destinatario implícito pero evidente: Estados Unidos, bajo el renovado liderazgo de Donald Trump. Sin nombrarlo, Carney cuestionó la lógica de la coerción económica como herramienta central de la política exterior, advirtiendo que la hegemonía que monetiza indefinidamente sus relaciones termina erosionando la confianza y empujando a sus aliados a diversificar vínculos. No se trató de una proclama antiamericana, sino de un llamado a abandonar la ficción de seguridad que ya no existe.

La afirmación de la soberanía de Groenlandia frente a cualquier pretensión de adquisición territorial y el refuerzo del compromiso canadiense con la OTAN y la defensa del Ártico completaron un discurso coherente: la soberanía no se proclama, se respalda con capacidades materiales. Sin inversión en defensa, infraestructura crítica y autonomía tecnológica, toda retórica estratégica es apenas decorativa.

Pero el núcleo conceptual estuvo en la advertencia a las potencias medianas. En un sistema dominado por la rivalidad entre grandes actores, la negociación bilateral con un hegemón implica aceptar una asimetría estructural: se compite por favores, se disimula la dependencia y se sacrifica margen de maniobra. La alternativa, según Carney, es la acción colectiva. Coaliciones flexibles entre Europa, Canadá, Japón, Australia, Corea del Sur, India, Brasil o Turquía permitirían no solo resistir presiones, sino influir en la definición de reglas, estándares tecnológicos, rutas comerciales y esquemas de seguridad.


La frase ha sido interpretada de múltiples maneras. Para algunos, inaugura una “diplomacia de las medianas” orientada a construir una tercera vía entre la subordinación y la confrontación. Para otros, es una crítica directa a las estrategias de ambigüedad calculada adoptadas por países que intentan equilibrar vínculos con las grandes potencias sin desarrollar capacidades propias. En ambos casos, la idea central es la misma: la neutralidad pasiva ya no es una opción viable.

La prognosis de esta teoría es tan prometedora como exigente. Si las potencias medianas logran articular intereses comunes, invertir en defensa, innovación e infraestructura, y sostener una diplomacia coordinada, podrían amortiguar los efectos más disruptivos de la fragmentación global. Sin embargo, el riesgo es que la retórica no se traduzca en decisiones políticas sostenidas, y que las presiones económicas y estratégicas terminen fragmentando cualquier intento de acción colectiva.

Carney, en definitiva, no ofreció un programa cerrado, sino un marco conceptual. Su advertencia no es ideológica, sino existencial: en un mundo de poder descarnado, la ausencia de voz equivale a la irrelevancia. Estar en la mesa ya no es un privilegio; es la condición mínima para no convertirse en parte del menú.



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miércoles, 7 de enero de 2026 enero 07, 2026

Venezuela 2026: cuando la guerra ya no se explica con petróleo





Por Gustavo Restivo

El artículo de Carolina Restrepo Cañavera "No fue por petróleo. Fue por algo mucho más estratégico", propone una tesis incómoda pero intelectualmente consistente: la intervención militar estadounidense en Venezuela, ejecutada el 3 de enero de 2026, no responde a los viejos reflejos explicativos —petróleo, narcotráfico, “cambio de régimen”— sino a una mutación profunda del tablero geopolítico global. En ese sentido, su texto no busca describir el hecho militar en sí, sino disputar la narrativa que suele envolverlo.

La autora parte de un supuesto clave que merece atención: las decisiones estratégicas de alto impacto no se toman en el plano discursivo de la política doméstica, sino en el corazón técnico-militar del poder estadounidense. El Pentágono —no la Casa Blanca— define cuándo una amenaza cruza el umbral de lo tolerable. El presidente, en ese esquema, no lidera la estrategia: la legitima públicamente. Esta afirmación, lejos de ser provocadora, se inscribe en una larga tradición del realismo político y militar estadounidense, donde la lógica de seguridad precede a la lógica electoral.


Desde allí, Restrepo desmonta la explicación petrolera. Y lo hace con un argumento difícil de refutar: si el objetivo hubiera sido el crudo venezolano, la ventana de oportunidad fue 2019, no 2026. Hoy, con una PDVSA devastada, infraestructura colapsada y producción marginal, Venezuela carece del peso energético que justificaría una intervención de gran escala. El petróleo, sostiene la autora, funciona apenas como relato pedagógico para la opinión pública.

El núcleo del análisis se desplaza entonces hacia un terreno mucho más sensible: la convergencia operativa de los tres principales adversarios estratégicos de Estados Unidos —China, Rusia e Irán— en un mismo espacio geográfico del hemisferio occidental. No se trataría de alianzas diplomáticas ni de acuerdos comerciales, sino de una arquitectura integrada de poder duro.

China, según el artículo, no solo invirtió en Venezuela: operó directamente la extracción de minerales estratégicos en el Arco Minero del Orinoco. Tantalio, cobalto y tierras raras —insumos críticos para la industria tecnológica y militar— pasaron a estar bajo control chino en origen, comprometiendo una cadena de suministros que el propio Pentágono considera vital. En el nuevo orden global, quien controla los minerales controla la capacidad de producción bélica.

rán, por su parte, habría dado un salto cualitativo aún más alarmante: la instalación de fábricas de drones militares con capacidad ofensiva, no como comercio de armas, sino como industria permanente a escasa distancia del territorio continental estadounidense. Rusia completaría el triángulo con sistemas de defensa aérea, radares, entrenamiento e inteligencia electrónica, configurando un ecosistema militar avanzado a las puertas del Comando Sur.


El argumento central es claro: no se trató de una suma de presencias extranjeras, sino de una coordinación estratégica. Cada actor reforzaba al otro, rompiendo el equilibrio de amenazas que Washington considera aceptable en su entorno inmediato. Allí, el “umbral” se habría quebrado.

Uno de los pasajes más sólidos del texto es la observación sobre los objetivos militares atacados: bases, telecomunicaciones, radares, nodos de mando. No refinerías, no pozos, no infraestructura energética. La operación no buscó apropiarse de recursos, sino desmantelar capacidades. Esa distinción es clave para comprender la lógica de seguridad que subyace a la acción.

Restrepo inscribe este episodio en una tendencia mayor: la guerra contemporánea ya no gira en torno al petróleo, sino a los minerales estratégicos y a las cadenas de suministro. La decisión china de restringir exportaciones de tierras raras en 2025 aparece como antecedente directo: la demostración de que los insumos críticos pueden convertirse en armas geopolíticas. Venezuela, en ese contexto, deja de ser un “Estado fallido” periférico y se transforma en un nodo sensible de la disputa por el poder global.

El artículo no es neutral ni pretende serlo. Está escrito desde una comprensión cruda del poder, más cercana a Maquiavelo que a los discursos moralizantes. Y allí reside tanto su fortaleza como su provocación. Al igual que en otras intervenciones públicas de Carolina Restrepo Cañavera, la política no es presentada como un espacio de buenas intenciones, sino como un campo donde mandan las amenazas, los recursos y la capacidad de anticipación.

En definitiva, el texto obliga a repensar una pregunta incómoda: ¿seguimos analizando la geopolítica del siglo XXI con categorías del siglo XX? Si el petróleo fue el eje del orden pasado, los minerales, la tecnología militar y la proximidad estratégica parecen ser el corazón del nuevo conflicto global. Venezuela, según esta lectura, no fue el botín. Fue el tablero.

https://www.elcolombiano.com/negocios/eeuu-venezuela-intereses-minerales-petroleo-estrategia-DC32303022


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sábado, 27 de diciembre de 2025 diciembre 27, 2025

Son los representantes estúpido



Comentado por Gustavo Restivo

En una esquina de Córdoba, un trabajador de 35 años dice: “Yo no voto por odio, voto porque nadie me representa”. En un bar de Buenos Aires, una docente agrega: “No es que me guste el caos, es que ya no creo en los partidos”. En una fábrica de Rosario, un operario resume: “La política es para ellos, no para nosotros”.

Estas frases no son un rechazo a la democracia, sino un diagnóstico preciso: el problema no es el sistema, sino sus representantes. Esta es la tesis central del politólogo portugués Andrés Malamud en su ensayo “Son los representantes, estúpido: no falla la democracia sino sus élites”, un texto que viene como anillo al dedo para entender la Argentina de 2025.


La democracia no está en crisis, pero sus representantes sí

Malamud parte de una distinción clave: la democracia, como procedimiento (voto, elecciones, separación de poderes), sigue siendo valorada por la mayoría de la población en América Latina y en Argentina. Lo que está en crisis no es el régimen, sino la representación: la desconexión entre los representados (la ciudadanía) y los representantes (partidos, líderes, élites políticas y mediáticas).

La gente no dice “queremos una dictadura”. Lo que dice, una y otra vez, es “no nos representan”. Esa frase, repetida en marchas, encuestas y redes sociales, no es un rechazo a la democracia, sino un reclamo de legitimidad: la ciudadanía exige que quienes gobiernan y deciden estén conectados con sus realidades, sus valores y sus urgencias.

La trampa de la superioridad moral

Malamud señala que la academia y el periodismo convencional han sido ciegos a los elementos antioligárquicos del populismo, prefiriendo tildarlo simplemente de “autoritario”. Sin embargo, el fenómeno responde a una desconexión profunda: las élites occidentales han desarrollado valores individualistas y seculares que chocan frontalmente con las masas, que aún valoran la nación, la religión y la familia.

En Argentina, esta brecha se ha agravado en los últimos años. Las élites políticas, económicas y mediáticas han construido una agenda que muchas veces parece ajena a las urgencias de la mayoría: inflación, trabajo, vivienda, salud, educación. La política se reduce a una batalla de cúpulas, a acuerdos de gabinete, a discursos de palacio, mientras la gente siente que su voz no cuenta.

Al mismo tiempo, las fuerzas de izquierda, al desplazar su enfoque de las mayorías trabajadoras hacia las minorías identitarias, han abandonado a sectores sociales —especialmente varones jóvenes— que hoy se sienten víctimas de una “cultura de la cancelación” y de una superioridad moral que les resulta ajena. La política deja de ser un debate de ideas y se convierte en una batalla de estatus moral, donde quien gana no es el que tiene mejores propuestas, sino el que logra imponer su superioridad ética.


Algoritmos y fragmentación social

El análisis de Malamud se vuelve especialmente agudo al abordar el impacto de las redes sociales. Lo que comenzó como una promesa de democratización horizontal ha terminado en una segmentación digital que separa incluso a los géneros. Por primera vez, los varones menores de 30 años son más conservadores que sus padres, habitando espacios virtuales radicalmente distintos a los de sus pares mujeres.

En Argentina, el algoritmo ha sustituido a los medios tradicionales como el nuevo intermediario invisible, potenciando el sesgo de confirmación y fracturando el consenso social. La política se fragmenta en burbujas: una para la élite urbana, globalizada y progresista; otra para sectores populares y medios que se sienten excluidos, burlados o criminalizados.

La democracia, en vez de ser un espacio común de debate, se convierte en una serie de mundos paralelos que apenas se entienden entre sí. Y en ese vacío, prosperan los discursos que prometen romper con la “casta”, con la “oligarquía”, con el “establishment”.

De la protesta a la deserción

Malamud advierte sobre el agotamiento de la protesta tradicional. En América Latina, la insatisfacción ha derivado en la deserción: el ciudadano ya no espera soluciones de la política, simplemente se va o vota por partidos “outsiders” con menos de una década de existencia.

En Argentina, esto se ve con claridad. El PJ, la UCR y otros partidos históricos han perdido peso y credibilidad, y su capacidad de representar un proyecto alternativo de país se ha visto fuertemente afectada. La fragmentación partidaria y la aparición de nuevas fuerzas (como el Frente de Todos, Juntos por el Cambio, La Libertad Avanza) no han resuelto la desconexión con la base.

El auge de figuras como Javier Milei no debe leerse como un rechazo a la democracia, sino como una respuesta a la crisis de representación. Cuando la ciudadanía dice “no nos representan”, busca alternativas que se presenten como “fuera de la casta”, como “anti-sistema”, como “anti-políticos”.

El Estado roto y la política de la efectividad

Malamud plantea que, si bien los nuevos liderazgos populistas han logrado relegitimar el interés por la política, se enfrentan a un obstáculo insalvable: un Estado roto. La “motosierra” puede ser efectiva para demoler, pero no posee la capacidad técnica para construir futuro en sociedades donde la informalidad y la anarquía son hoy más reales que cualquier pretensión dictatorial.

En Argentina, esto se traduce en una paradoja: la gente exige que el Estado funcione, pero al mismo tiempo desconfía de sus instituciones, de sus funcionarios y de sus élites. La política, en definitiva, vuelve a ser una cuestión de efectividad operativa, más allá de la retórica de la “casta” o el progresismo.

Conclusión: reformar la representación, no abandonar el sistema

La democracia no está en crisis. Lo que está en crisis son sus representantes y sus élites. La gente no quiere menos democracia; quiere más representación, más transparencia, más justicia y más capacidad de influir en las decisiones que afectan sus vidas.

El dossier de Malamud nos recuerda que el problema no es el sistema, sino quienes lo manejan. En Argentina, la tarea no es abandonar la democracia, sino transformarla para que las élites no se reproduzcan en círculos cerrados, para que los partidos vuelvan a representar, y para que la ciudadanía vuelva a sentir que su voto, su voz y su participación importan.

La democracia no falla. Fallan sus representantes. Y mientras eso no cambie, la crisis de representación seguirá profundizándose.

Fuente: nota recuperada de https://eldiplo.us8.list-manage.com/track/click?u=e7608481c6d6b5387506ef7fd&id=72efe0a99f&e



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jueves, 5 de junio de 2025 junio 05, 2025

El arte de callar: el silencio como discurso político en la era de la posverdad



Por Gustavo Restivo

Siempre me llamó la atención el silencio en política. No solo lo que se dice en una entrevista o un discurso, sino lo que se deja de decir. Lo que se esquiva, se omite, se guarda. Tal vez porque, como me pasa a veces, tengo una idea algo romántica —quizás sofista— de la política, en la que la palabra y el silencio son parte del mismo juego de poder. Por eso me atrapó el ensayo El silencio político, de Cristina Francisco López. Un texto profundo y bien argumentado que pone el foco en un tema poco tratado: cómo el silencio funciona como una herramienta clave en el juego político actual.

López toma una idea del filósofo Luis Villoro: que el silencio no es solo ausencia de palabra, sino una forma de decir sin hablar. Un lenguaje en sí mismo. En política, eso puede ser una táctica muy poderosa. Callar también es decidir, también es tomar posición.

Vivimos en una época saturada de información, opiniones y declaraciones. Todo se comenta, todo se discute, todo se grita en las redes. Sin embargo, el silencio persiste. Y en muchos casos, se vuelve más eficaz que cualquier discurso. Porque lo que no se dice también comunica. A veces más fuerte.

El ensayo recorre varias formas en que el silencio aparece en política: desde la censura directa —lo que el poder prohíbe decir— hasta la autocensura, cuando alguien decide no hablar por miedo a las consecuencias. Y también está el silencio estratégico: ese que busca protegerse, evitar un error o simplemente dejar que otros se desgasten hablando. Cristina López advierte que la política moderna no gira ya tanto en torno a la verdad como a lo que parece verdad. Es la era de la posverdad, donde lo emocional pesa más que los hechos. En ese escenario, callar se vuelve una herramienta valiosa.

Un ejemplo claro es cuando un político, frente a un tema delicado, decide no hablar. No porque no tenga opinión, sino porque cualquier palabra puede volverse en su contra. En un mundo donde todo se graba, se comparte y se edita, el silencio puede ser más seguro que cualquier frase bien construida.

La autora también relaciona el silencio con la exclusión. Muchas veces, lo que no se dice es lo que se quiere borrar: las voces de las minorías, los temas tabú, las historias incómodas. La política ha usado siempre el silencio como forma de borrar al otro. Pero también, recuerda López, el silencio puede ser resistencia. Muchas luchas empezaron como un murmullo, como un grito callado que fue creciendo hasta hacerse escuchar.

En un tramo muy claro, la autora señala que el silencio puede ser una forma de respeto —como en un funeral—, pero también puede usarse para ocultar verdades, para manipular o para imponer una sola versión de los hechos. Y en este punto, no podemos dejar de hablar de las redes sociales, ese espacio donde todo se dice sin filtro. Allí, el silencio puede ser una forma de cuidado, una pausa necesaria frente al ruido, la violencia verbal o la fake news.

Al final, el ensayo deja una idea potente: que el silencio también forma parte del discurso político. Que no todo está en las palabras dichas, sino también en lo que se elige callar. Y que aprender a leer esos silencios —entender por qué se calla, qué se evita decir y qué significa eso— es una herramienta clave para pensar mejor nuestra democracia.

En tiempos donde todos hablan, el que sabe cuándo callar tiene una ventaja. Quizás sea hora de dejar de temerle al silencio y empezar a escucharlo de verdad.

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sábado, 24 de mayo de 2025 mayo 24, 2025

La Calera, la caja de Pandora se está abriendo

Mientras sectores de la política local intentan erigirse como jueces de la gestión actual, una serie de acciones expone el costado más oscuro de su paso por el poder en La Calera: corrupción, desmanejo y privilegios encubiertos que hoy salen a la luz.




Por Gustavo Restivo


Pandora es una figura de la mitología griega, conocida por ser la primera mujer creada por los dioses, según la tradición atribuida a Hesíodo. Fue moldeada por Hefesto por orden de Zeus y dotada de dones por varios dioses (de ahí su nombre, que significa “la que tiene todos los dones”).

Lo más famoso de Pandora es el mito de la "caja de Pandora" (en realidad un "jarro" o pithos), que contenía todos los males del mundo. Movida por la curiosidad, Pandora la abrió, liberando al mundo enfermedades, penas y sufrimientos. Solo quedó dentro la esperanza, que no logró escapar.

En La Calera, algunos sectores políticos que hoy se presentan como custodios de la moral pública olvidan con demasiada facilidad si historial frente a la conducción del barco llamado municipalidad. Desde declaraciones altisonantes hasta comunicados en redes, intentan posicionarse como garantes de la ética, sin reparar en que los expedientes judiciales están comenzando a contar otra historia.

Más de veinte denuncias penales se tramitan hoy en los tribunales, vinculadas a esa historia anterior. Entre los hechos señalados figuran la desaparición de computadoras y discos duros, licitaciones con aparentes irregularidades, vaciamiento de información oficial, desvío de fondos y una serie de favores a medida, que reflejan una lógica de poder más preocupada por los vínculos personales que por el bien común.

En las últimas semanas, se conoció por denuncias en redes sociales que el municipio investiga un posible esquema de cobros indebidos ligados a suplementos salariales no justificados. Si se confirma, la situación derivará seguramente en una nueva denuncia. Por ahora, los detalles se manejan con cautela y sin estruendos.

Lo cierto es que cada día que pasa se abren nuevas capas de una gestión que dejó mucho más que deudas económicas: dejó una estructura institucional frágil, atravesada por prácticas poco transparentes. La caja de Pandora se está abriendo, y lo que sale de ella anhelamos no sean solo meras suposiciones políticas, sino hechos documentados que piden respuestas.

En ese contexto, resulta al menos contradictorio que quienes administraron ese legado pretendan hoy arrogarse la voz de la conciencia pública. La ética no se declama: se practica, con memoria, responsabilidad y, sobre todo, coherencia.

Finalmente, como en todo ciclo institucional, también llegará el momento en que la actual gestión sea evaluada por quienes la sucedan. Es saludable y necesario que así sea. La revisión crítica del pasado no debe ser selectiva: el control y la transparencia deben sostenerse como principios permanentes, no como herramientas circunstanciales. Por eso, cada decisión que se tome hoy también quedará expuesta mañana a la mirada pública.


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24 de mayo de 1810: El día en que el pueblo dijo “no”





Por Redacción Especial| Reporte Cba

El 24 de mayo de 1810 suele pasar desapercibido entre los grandes hitos de la Semana de Mayo, eclipsado por el luminoso 25. Sin embargo, ese jueves fue decisivo: marcó el fracaso de una estrategia conservadora y reveló la maduración política del pueblo porteño, que ya no aceptaba soluciones de compromiso ni componendas con el viejo régimen.

Contexto: el derrumbe de la legitimidad virreinal

El Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros había quedado en una posición insostenible. Las noticias de la caída de la Junta de Sevilla –último bastión de la autoridad española en la península– habían erosionado su legitimidad. Ya no podía sostenerse en nombre del rey Fernando VII, cautivo en Francia. En ese vacío de poder, el Cabildo convocó a un cabildo abierto el 22 de mayo, donde se discutió el futuro del gobierno local. La conclusión fue clara: el virrey debía ser removido.

Pero la elite del Cabildo intentó una jugada intermedia. El 24 de mayo, bajo presión, se anunció la formación de una Junta de Gobierno... presidida por el mismo Cisneros. Una solución engañosa, que en los hechos buscaba conservar el viejo orden bajo nuevos ropajes.

Reacción popular: el rechazo a los disfraces del poder

Lo que siguió fue un estallido de indignación. La Plaza Mayor –hoy Plaza de Mayo– se llenó de voces airadas. La maniobra fue leída como una traición a la voluntad expresada por el pueblo días antes. Los líderes revolucionarios, como Saavedra, Belgrano y Castelli, no dudaron en expresar su disconformidad. El rumor creció, y el mensaje fue contundente: "El pueblo no quiere más al virrey, ni con disfraz".

Aquel día se rompió una barrera simbólica. Ya no bastaba con que el poder cambiara de forma; se exigía un cambio de fondo. El pueblo no pedía sólo nuevas caras, sino una nueva legitimidad basada en la soberanía popular.

Tres enfoques del 24 de mayo desde la historiografía

  1. Desde la historia política, el 24 de mayo representa el fracaso de la monarquía moderada criolla: un intento de mantener continuidad institucional sin romper formalmente con la Corona. Pero ese modelo fue superado por la dinámica social: la presión popular desbordó los límites que los sectores más conservadores intentaban imponer.

  2. Desde el enfoque social, se destaca la movilización ciudadana. No fue un grupo aislado de ilustrados el que empujó el cambio. Fue una amplia masa de vecinos, comerciantes, milicianos, incluso afrodescendientes y mestizos, quienes expresaron su rechazo a Cisneros. La revolución comenzaba a democratizarse.

  3. Desde la óptica institucional, el hecho mostró que ya no bastaba la formalidad legal para sostener un gobierno. La legitimidad empezaba a medirse por el consentimiento popular. La autoridad virreinal, aunque legalmente vigente, había perdido su raíz de legitimidad.

Un punto de no retorno

La noche del 24 fue turbulenta. Los revolucionarios presionaron, el pueblo se mantuvo firme y, finalmente, Cisneros renunció a la presidencia de la Junta. Así, el 25 de mayo amanecería con una nueva realidad: nacía la Primera Junta de Gobierno, sin virrey, con representantes elegidos por los criollos. Una ruptura en los hechos, aunque todavía no en el discurso formal.

El 24 de mayo fue, entonces, el umbral. Un día en el que se intentó cerrar el paso a la revolución con maquillaje político, pero el pueblo ya no aceptaba máscaras. Exigía verdad, participación y ruptura.

Hoy, a más de dos siglos de aquel momento, conviene recordarlo no como una fecha menor, sino como el día en que el pueblo dijo “no” y empujó la historia hacia adelante.



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