Por Gustavo Restivo

El artículo de Carolina Restrepo Cañavera "No fue por petróleo. Fue por algo mucho más estratégico", propone una tesis incómoda pero intelectualmente consistente: la intervención militar estadounidense en Venezuela, ejecutada el 3 de enero de 2026, no responde a los viejos reflejos explicativos —petróleo, narcotráfico, “cambio de régimen”— sino a una mutación profunda del tablero geopolítico global. En ese sentido, su texto no busca describir el hecho militar en sí, sino disputar la narrativa que suele envolverlo.

La autora parte de un supuesto clave que merece atención: las decisiones estratégicas de alto impacto no se toman en el plano discursivo de la política doméstica, sino en el corazón técnico-militar del poder estadounidense. El Pentágono —no la Casa Blanca— define cuándo una amenaza cruza el umbral de lo tolerable. El presidente, en ese esquema, no lidera la estrategia: la legitima públicamente. Esta afirmación, lejos de ser provocadora, se inscribe en una larga tradición del realismo político y militar estadounidense, donde la lógica de seguridad precede a la lógica electoral.


Desde allí, Restrepo desmonta la explicación petrolera. Y lo hace con un argumento difícil de refutar: si el objetivo hubiera sido el crudo venezolano, la ventana de oportunidad fue 2019, no 2026. Hoy, con una PDVSA devastada, infraestructura colapsada y producción marginal, Venezuela carece del peso energético que justificaría una intervención de gran escala. El petróleo, sostiene la autora, funciona apenas como relato pedagógico para la opinión pública.

El núcleo del análisis se desplaza entonces hacia un terreno mucho más sensible: la convergencia operativa de los tres principales adversarios estratégicos de Estados Unidos —China, Rusia e Irán— en un mismo espacio geográfico del hemisferio occidental. No se trataría de alianzas diplomáticas ni de acuerdos comerciales, sino de una arquitectura integrada de poder duro.

China, según el artículo, no solo invirtió en Venezuela: operó directamente la extracción de minerales estratégicos en el Arco Minero del Orinoco. Tantalio, cobalto y tierras raras —insumos críticos para la industria tecnológica y militar— pasaron a estar bajo control chino en origen, comprometiendo una cadena de suministros que el propio Pentágono considera vital. En el nuevo orden global, quien controla los minerales controla la capacidad de producción bélica.

rán, por su parte, habría dado un salto cualitativo aún más alarmante: la instalación de fábricas de drones militares con capacidad ofensiva, no como comercio de armas, sino como industria permanente a escasa distancia del territorio continental estadounidense. Rusia completaría el triángulo con sistemas de defensa aérea, radares, entrenamiento e inteligencia electrónica, configurando un ecosistema militar avanzado a las puertas del Comando Sur.


El argumento central es claro: no se trató de una suma de presencias extranjeras, sino de una coordinación estratégica. Cada actor reforzaba al otro, rompiendo el equilibrio de amenazas que Washington considera aceptable en su entorno inmediato. Allí, el “umbral” se habría quebrado.

Uno de los pasajes más sólidos del texto es la observación sobre los objetivos militares atacados: bases, telecomunicaciones, radares, nodos de mando. No refinerías, no pozos, no infraestructura energética. La operación no buscó apropiarse de recursos, sino desmantelar capacidades. Esa distinción es clave para comprender la lógica de seguridad que subyace a la acción.

Restrepo inscribe este episodio en una tendencia mayor: la guerra contemporánea ya no gira en torno al petróleo, sino a los minerales estratégicos y a las cadenas de suministro. La decisión china de restringir exportaciones de tierras raras en 2025 aparece como antecedente directo: la demostración de que los insumos críticos pueden convertirse en armas geopolíticas. Venezuela, en ese contexto, deja de ser un “Estado fallido” periférico y se transforma en un nodo sensible de la disputa por el poder global.

El artículo no es neutral ni pretende serlo. Está escrito desde una comprensión cruda del poder, más cercana a Maquiavelo que a los discursos moralizantes. Y allí reside tanto su fortaleza como su provocación. Al igual que en otras intervenciones públicas de Carolina Restrepo Cañavera, la política no es presentada como un espacio de buenas intenciones, sino como un campo donde mandan las amenazas, los recursos y la capacidad de anticipación.

En definitiva, el texto obliga a repensar una pregunta incómoda: ¿seguimos analizando la geopolítica del siglo XXI con categorías del siglo XX? Si el petróleo fue el eje del orden pasado, los minerales, la tecnología militar y la proximidad estratégica parecen ser el corazón del nuevo conflicto global. Venezuela, según esta lectura, no fue el botín. Fue el tablero.

https://www.elcolombiano.com/negocios/eeuu-venezuela-intereses-minerales-petroleo-estrategia-DC32303022


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