Por Gustavo Restivo
Mucho antes de que comience un partido, la verdadera competencia ya se está disputando. No ocurre sobre el césped ni dentro de una pista olímpica, sino en el tablero de las relaciones internacionales, donde el deporte se ha convertido en uno de los instrumentos más eficaces del poder contemporáneo.
Hay una frase que solemos escuchar cada vez que aparece una discusión incómoda alrededor del fútbol o de cualquier otro deporte: "No mezclen deporte con política." La intención parece noble. Después de todo, el deporte debería ser un lugar para disfrutar, competir y compartir una pasión común.
Pero hay un problema: esa separación nunca existió.
La política llegó a las canchas mucho antes que nosotros. En realidad, nunca se fue.
Al mirar la historia con un poco de perspectiva aparece una constante difícil de ignorar. Cada vez que un gobierno necesitó fortalecer su imagen, construir un relato nacional o proyectar poder hacia el exterior, encontró en el deporte un aliado formidable. Ningún discurso político consigue lo que logra una selección campeona: emocionar a millones de personas al mismo tiempo.
Eso explica por qué los grandes acontecimientos deportivos nunca fueron únicamente acontecimientos deportivos.
Los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 fueron concebidos por el régimen de Adolf Hitler como una gigantesca vidriera del nazismo. El objetivo era mostrar una Alemania poderosa y reafirmar la idea de la superioridad aria. Sin embargo, la historia tuvo una de esas ironías que suele reservarse para los momentos decisivos: Jesse Owens, un atleta afroamericano, ganó cuatro medallas de oro y terminó derrumbando, delante del mundo entero, el relato que el régimen pretendía construir.
Algo parecido ocurrió con Benito Mussolini. El dictador italiano entendió rápidamente que el fútbol podía transformarse en una extraordinaria herramienta de propaganda. Los campeonatos mundiales obtenidos por Italia durante la década de 1930 fueron utilizados para alimentar el orgullo nacional y fortalecer la imagen del fascismo. El balón también podía convertirse en un instrumento político.
Con el paso de los años esa lógica no desapareció; simplemente cambió de escenario.
Durante la Guerra Fría, cada medalla olímpica era leída como una demostración de cuál sistema era superior. Estados Unidos y la Unión Soviética no solo competían por armamento, influencia o desarrollo tecnológico. También disputaban el liderazgo del medallero olímpico. Incluso llegaron a boicotear los Juegos de Moscú en 1980 y los de Los Ángeles en 1984. La geopolítica también se jugaba en una pista de atletismo.
En América Latina encontramos ejemplos igual de elocuentes. El Mundial de Argentina de 1978 fue organizado mientras el país vivía bajo una dictadura militar. Para el régimen, el torneo representó una oportunidad excepcional para mostrar al mundo una imagen de orden y normalidad que contrastaba con las denuncias por desapariciones y violaciones a los derechos humanos.
Ocho años después, otro partido quedó grabado en la memoria colectiva. Argentina e Inglaterra se enfrentaban en México 1986. Oficialmente era un encuentro por los cuartos de final de una Copa del Mundo. Emocionalmente era mucho más que eso. Para millones de argentinos todavía estaban abiertas las heridas de la Guerra de las Malvinas. La victoria deportiva terminó adquiriendo un significado político imposible de separar del contexto histórico.
Pero el deporte no solo ha servido para confrontar. También ha abierto puertas que parecían cerradas.
La llamada diplomacia del ping-pong permitió iniciar el acercamiento entre Estados Unidos y China en plena Guerra Fría. Décadas más tarde, los desfiles conjuntos de atletas de Corea del Norte y Corea del Sur mostraron que, incluso cuando la diplomacia tradicional fracasa, el deporte puede construir pequeños espacios de diálogo.
Los propios deportistas también entendieron el peso simbólico de su lugar. El saludo de Tommie Smith y John Carlos en los Juegos Olímpicos de México de 1968 sigue siendo una de las imágenes más poderosas del siglo pasado. Mucho tiempo después, las protestas de numerosos atletas contra el racismo volvieron a demostrar que una cancha también puede convertirse en un espacio de expresión política.
En los últimos años apareció un fenómeno relativamente nuevo: el sportswashing. Detrás del nombre en inglés hay una idea sencilla. Algunos gobiernos invierten miles de millones de dólares en organizar grandes competiciones, comprar clubes o contratar figuras internacionales para mejorar su imagen ante el mundo.
Arabia Saudita probablemente sea el ejemplo más evidente. La compra del Newcastle United, la llegada de futbolistas como Cristiano Ronaldo y Neymar y la apuesta por convertir su liga en un espectáculo global forman parte de una estrategia mucho más amplia que el fútbol. El objetivo es proyectar una nueva imagen del país, atraer inversiones, desarrollar el turismo y ganar influencia internacional.
En el año 2009, estrenó una película protagonizada por Morgan Freeman como Nelson Mandela y Matt Damon como François Pienaar, capitán de la selección sudafricana de rugby. Inspirada en hechos reales y basada en el libro El factor humano de John Carlin. Se sitúa en Sudáfrica a mediados de los años 90, poco después de que Mandela saliera de prisión y se convirtiera en presidente. El país estaba profundamente dividido tras décadas de apartheid, y Mandela vio en el Mundial de Rugby de 1995 una oportunidad para unir a la nación. La trama sigue la relación entre Mandela y Pienaar, mostrando cómo el deporte se convierte en una herramienta de reconciliación nacional. La película combina momentos políticos, deportivos y humanos, con un tono inspirador y emotivo.
Hasta la propia organización del fútbol refleja esas tensiones. La FIFA convive permanentemente con conflictos que exceden el deporte. Israel juega en Europa por razones políticas; Rusia quedó excluida de las competiciones oficiales tras la invasión de Ucrania; algunos cruces internacionales ni siquiera pueden sortearse por conflictos territoriales todavía abiertos. La geopolítica también redacta el fixture.
Por eso, quizá la discusión no debería ser si el deporte tiene relación con la política. La evidencia histórica demuestra que esa relación existe desde hace mucho tiempo.
La verdadera pregunta es otra.
¿Quién utiliza el deporte, con qué objetivo y para construir qué relato?
Porque mientras millones de personas miramos un partido creyendo que solo está en juego una copa, muchas veces también se disputan prestigio internacional, influencia diplomática, identidad nacional y poder.
Tal vez el marcador termine diciendo quién ganó el encuentro. Pero la historia suele demostrar que el partido más importante empezó mucho antes del primer silbatazo.
Funtes consultadas:
https://laboratorioyredaccon.blogspot.com - Deporte y Política, una relación inquebrantable
https://es.wikipedia.org - Deporte y Política
https://www.huffingtonpost.es - Las 19 veces que el deporte se volvió política
https://https://thepoliticalroom.com/ - Fútbol, identidad y poder blando.

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