Por Gustavo Restivo

Cada gran revolución tecnológica modificó el equilibrio del poder mundial. La imprenta alteró la circulación del conocimiento, la máquina de vapor impulsó la expansión industrial, el petróleo redefinió la geopolítica del siglo XX e Internet transformó la economía y las comunicaciones. La Inteligencia Artificial parece destinada a ocupar un lugar semejante. Sin embargo, el verdadero debate no gira alrededor de los algoritmos. La discusión central es otra: quién controlará esa capacidad y con qué fines ejercerá el poder que de ella derive.

En los últimos tiempos, a medida que la Inteligencia Artificial avanza sobre múltiples aspectos de la vida cotidiana, también se multiplican las voces críticas. El entusiasmo por sus posibilidades convive con una creciente preocupación acerca de sus consecuencias económicas, políticas, culturales y éticas.

Hace algunos días tuve la oportunidad de leer el artículo Todo el mundo odia la Inteligencia Artificial, del periodista y sociólogo francés Pierre Rimbert, redactor jefe adjunto de Le Monde Diplomatique de París. Allí sostiene que buena parte del rechazo social hacia la IA no nace de la tecnología en sí misma, sino de la manera en que las grandes corporaciones y algunos Estados están impulsando su desarrollo sin un debate democrático equivalente a la magnitud de los cambios que promete producir.

La observación no es menor. La historia demuestra que las grandes transformaciones tecnológicas nunca han sido neutrales. Detrás de cada innovación existen intereses económicos, decisiones políticas y disputas estratégicas. Pensar que la Inteligencia Artificial escapa a esa lógica sería desconocer cómo funciona el poder.

Por ello, quizá el primer error sea considerar que la actual competencia es únicamente tecnológica. Ninguna potencia invierte cientos de miles de millones de dólares para desarrollar mejores asistentes virtuales o herramientas de entretenimiento. Lo hace porque la Inteligencia Artificial se ha convertido en un multiplicador del poder económico, militar, científico y cultural.

La disputa mundial no es por la Inteligencia Artificial en sí misma. La disputa es por el poder que la Inteligencia Artificial permitirá ejercer.


En consecuencia, la irrupción de esta tecnología dejó de ser un fenómeno exclusivamente científico para convertirse en uno de los principales escenarios geopolíticos del siglo XXI. Estados, corporaciones y grandes bloques económicos buscan obtener ventajas estratégicas en productividad, investigación, innovación, seguridad, inteligencia y capacidad de influencia global.

No se trata de una novedad histórica. La pólvora modificó la guerra. La navegación oceánica permitió la expansión de los imperios. La revolución industrial alteró la economía mundial. La energía nuclear redefinió el equilibrio militar durante décadas. Ninguna de estas tecnologías tomó decisiones por sí misma. Fueron las personas, los gobiernos y las élites dirigentes quienes las incorporaron para ampliar su capacidad de acción.

La Inteligencia Artificial tampoco decidirá las guerras ni reemplazará la voluntad política de los Estados. Serán los seres humanos quienes continúen tomando las decisiones fundamentales. Sin embargo, los dirigentes podrán utilizar estas herramientas para potenciar la inteligencia estratégica, la logística, el análisis de información, la planificación económica, la producción industrial, la ciberseguridad o la conducción de operaciones militares. La tecnología no reemplaza el poder; aumenta la capacidad de ejercerlo.

Pero existe otra dimensión que suele quedar oculta detrás de la fascinación por los algoritmos.

No existe Inteligencia Artificial sin infraestructura física.

Detrás de cada sistema de IA hay centros de datos, millones de procesadores, enormes cantidades de energía eléctrica, agua destinada a la refrigeración de servidores, minerales críticos extraídos en distintos continentes y complejas cadenas globales de suministro. La geopolítica de la Inteligencia Artificial no comienza en el software, sino mucho antes: en los recursos, la industria y la capacidad de producir la infraestructura necesaria para sostenerla.

En ese escenario, la competencia por el liderazgo tecnológico también puede convertirse en una nueva forma de dependencia. La concentración del conocimiento, de los datos y de las capacidades tecnológicas en un número reducido de actores plantea interrogantes legítimos sobre la soberanía de los Estados y la autonomía de las sociedades.

Sin embargo, sería un error caer en una visión exclusivamente pesimista. Como toda gran innovación, la Inteligencia Artificial puede abrir oportunidades extraordinarias para la medicina, la educación, la investigación científica, la productividad y el acceso al conocimiento. El problema no reside necesariamente en la herramienta, sino en las decisiones políticas, económicas y éticas que orientarán su utilización.


Precisamente allí adquiere relevancia la reflexión propuesta por el papa León XIV en su encíclica Magnífica Humanitas. Su preocupación no parece dirigirse a condenar la tecnología, sino a recordar un principio esencial: ninguna innovación puede considerarse un progreso auténtico si pierde de vista la dignidad de la persona humana.

La pregunta entonces no debería ser si la Inteligencia Artificial dominará a la humanidad.

La verdadera pregunta es qué modelo de sociedad utilizará la Inteligencia Artificial para consolidarse.

¿Será una herramienta orientada al bien común, al desarrollo humano y a la ampliación de las oportunidades? ¿O terminará reforzando mecanismos de concentración económica, vigilancia y desigualdad? La respuesta no dependerá de los algoritmos. Dependerá de las decisiones que adoptemos como sociedad y de nuestra capacidad para afrontar un cambio de paradigma que difícilmente tenga marcha atrás.

Porque la Inteligencia Artificial no posee voluntad propia. No tiene ambiciones, intereses ni proyectos políticos. Es un instrumento extraordinariamente poderoso capaz de amplificar nuestras mejores capacidades, pero también nuestras peores contradicciones.

La historia demuestra que ninguna tecnología ha sido neutral. Todas ampliaron el poder de quienes lograron controlarlas antes que los demás. La Inteligencia Artificial probablemente no sea la excepción. El verdadero riesgo no consiste en que las máquinas piensen como los hombres, sino en que unos pocos hombres concentren, gracias a las máquinas, un poder sin precedentes sobre el resto de la humanidad.

La cuestión decisiva ya no es tecnológica.

Es política.

Es económica.

Es geopolítica.

Y, sobre todo, profundamente humana.

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