Por Gustavo Restivo

En las Ćŗltimas dĆ©cadas, los sistemas polĆ­ticos de muchas democracias han experimentado transformaciones profundas que desafĆ­an los esquemas clĆ”sicos de representación. Los partidos tradicionales —aquellas organizaciones que durante gran parte del siglo XX estructuraron la competencia electoral, organizaron identidades polĆ­ticas estables y canalizaron demandas sociales— muestran hoy signos evidentes de debilitamiento. La caĆ­da en la afiliación partidaria, la volatilidad electoral y la creciente desconfianza ciudadana hacia las estructuras polĆ­ticas formales son algunos de los indicadores mĆ”s visibles de este proceso.

En este contexto, comienza a surgir una pregunta central para el anĆ”lisis polĆ­tico contemporĆ”neo: si los partidos pierden capacidad de intermediación, ¿QuiĆ©n ocupa ese lugar en la relación entre sociedad y poder? Cada vez con mayor frecuencia, la polĆ­tica parece organizarse alrededor de liderazgos individuales fuertes, figuras mediĆ”ticas o candidatos que construyen su legitimidad mĆ”s en la conexión directa con el electorado que en la pertenencia a estructuras partidarias sólidas. Este fenómeno abre el debate sobre si estamos transitando hacia una etapa de polĆ­tica personalista, en la que el peso del liderazgo individual supera al de los programas y organizaciones colectivas.

Comprender este cambio requiere analizar no solo la crisis de los partidos, sino tambiĆ©n las transformaciones mĆ”s amplias del ecosistema polĆ­tico: el impacto de las redes sociales en la comunicación pĆŗblica, la fragmentación de las identidades ideológicas tradicionales, la aceleración de los ciclos informativos y la creciente desconfianza hacia las instituciones. En suma, la pregunta de fondo no es Ćŗnicamente si los partidos estĆ”n debilitĆ”ndose, sino quĆ© tipo de polĆ­tica estĆ” emergiendo en su lugar y cuĆ”les pueden ser sus consecuencias para la calidad de la democracia.

Durante buena parte del siglo XX la política argentina se organizó alrededor de estructuras partidarias relativamente estables. El peronismo y el radicalismo, con sus distintas corrientes internas, funcionaron durante décadas como grandes sistemas de identidad política. Los votantes no elegían solamente candidatos: elegían pertenencias. Los partidos eran, en ese sentido, instituciones que organizaban el debate público, formaban dirigentes y canalizaban las demandas sociales.

Ese esquema comenzó a resquebrajarse lentamente hacia fines del siglo pasado y terminó de entrar en crisis con el colapso institucional de 2001, durante el gobierno de Fernando de la RĆŗa. La consigna que dominó las calles en aquellos dĆ­as —“que se vayan todos”— no estaba dirigida a un partido en particular, sino a todo el sistema de representación polĆ­tica. AllĆ­ comenzó a hacerse visible un proceso que todavĆ­a continĆŗa: el debilitamiento de los partidos como estructuras orgĆ”nicas y la creciente centralidad de los liderazgos individuales.

En ese contexto, algunos episodios se transformaron en verdaderos sĆ­mbolos del cambio. Uno de los mĆ”s recordados fue el caso de Eduardo Lorenzo Borocotó. Elegido diputado nacional en 2005 por una lista opositora vinculada al espacio de Mauricio Macri, Borocotó anunció antes de asumir que se integrarĆ­a al bloque oficialista alineado con el entonces presidente NĆ©stor Kirchner. El impacto mediĆ”tico fue inmediato. Desde entonces, la palabra “borocotización” quedó instalada en el vocabulario polĆ­tico argentino para describir el traspaso oportunista de dirigentes entre espacios.

MĆ”s allĆ” del caso puntual, lo relevante fue lo que ese episodio dejó al descubierto: la creciente fragilidad de las identidades partidarias. Si un dirigente podĆ­a cambiar de espacio polĆ­tico con tanta facilidad, la pregunta inevitable era si el voto pertenecĆ­a al partido o al candidato. Y detrĆ”s de esa pregunta aparecĆ­a otra mĆ”s profunda: ¿seguĆ­an siendo los partidos los verdaderos organizadores de la polĆ­tica?

En los años posteriores, la tendencia se hizo cada vez mÔs visible. Las campañas comenzaron a girar mÔs alrededor de las figuras que de los programas, los partidos se transformaron con frecuencia en coaliciones electorales temporarias y el liderazgo personal pasó a ocupar el centro de la escena. Las nuevas tecnologías de comunicación, especialmente las redes sociales, aceleraron este proceso al permitir que los dirigentes establezcan una relación directa con el electorado, muchas veces sin mediaciones institucionales.

La polƭtica contemporƔnea parece moverse cada vez mƔs en ese terreno. Los partidos siguen existiendo, pero muchas veces funcionan mƔs como plataformas electorales que como comunidades polƭticas duraderas. En lugar de estructuras que moldean liderazgos, son los liderazgos los que terminan moldeando a los partidos.

El fenómeno no es exclusivo de Argentina. En numerosas democracias del mundo se observa una tendencia similar: fragmentación del sistema político, debilitamiento de las organizaciones tradicionales y emergencia de figuras con fuerte impronta personal. Sin embargo, en nuestro país el proceso adquiere características particulares porque se combina con una larga tradición de liderazgos fuertes y con una sociedad que, después de repetidas crisis, mantiene una relación ambivalente con sus instituciones.

Tal vez el episodio de Borocotó no haya sido el comienzo de este proceso, pero sí fue uno de sus momentos mÔs reveladores. Como suele ocurrir en política, un hecho puntual terminó iluminando una transformación mÔs profunda: la lenta transición desde una política de partidos hacia una política cada vez mÔs centrada en los individuos.

Y en ese cambio —todavĆ­a en desarrollo— se juega buena parte del futuro de nuestra democracia.