sábado, 31 de enero de 2026 enero 31, 2026

Cuando el ajuste gobierna y la política calla






Por Gustavo Restivo

Hay gobiernos que caen por corrupción, otros por incapacidad y algunos —los más peligrosos— por olvidar para qué gobiernan. Córdoba hoy no está frente a una crisis institucional ni ante un colapso económico inmediato. Está ante algo más silencioso y más profundo: el riesgo de administrar bien y conducir mal.

Martín Llaryora gobierna con orden, con disciplina fiscal y con control del sistema político. Tiene Presupuesto aprobado, mayoría legislativa y estructura territorial. Pero la política no se mide solo por la prolijidad de las cuentas. Se mide también por el vínculo que el poder mantiene con su gente. Y ese vínculo empieza a mostrar fisuras.

La provincia ajusta porque el país ajusta. Ajusta porque la Nación se retira. ¿Será porque hay recesión apretando? Lo que sí empieza a ser un problema es que el ajuste se aplique sin relato, sin horizonte y sin una explicación política que convoque.

Cuando el sacrificio no tiene sentido, se vuelve castigo.

El conflicto no es el problema, es el mensaje

Las marchas de los gremios estatales no son una conspiración ni una anomalía. Son un mensaje. Docentes, empleados públicos, judiciales y jubilados no protestan solo por salarios o aportes previsionales. Protestan porque sienten que el contrato histórico con el Estado se está rompiendo.

El peronismo cordobés construyó su hegemonía combinando orden fiscal con estabilidad social. No fue un modelo revolucionario, pero fue previsible. Hoy ese equilibrio se altera. El ajuste previsional, el diferimiento jubilatorio y la presión sobre la salud pública exponen algo más profundo: una crisis de representación.

La política suele cometer un error clásico: creer que los conflictos se resuelven solo con números. Pero los números ordenan, no convencen. Y sin convencimiento, la legitimidad se erosiona lentamente, hasta que un día ya no alcanza con gobernar bien.

Milei no avanza solo: avanza porque alguien deja espacio

Mientras Córdoba ajusta en silencio, Javier Milei grita. Y en política, el que grita primero no siempre tiene razón, pero suele quedarse con la escena. Milei no crece solo por sus aciertos; crece porque expresa un malestar que otros no interpretan.

Su discurso es brutal, pero simple: el Estado es el problema, el ajuste es la solución, el sacrificio es virtud. Cuando un gobierno provincial aplica ajuste sin explicar por qué, termina legitimando la lógica de su adversario.

Esta es la paradoja: Córdoba ajusta para sobrevivir, pero al hacerlo sin narrativa fortalece culturalmente al mileísmo. No se trata solo de votos, se trata de sentido común. Y cuando el sentido común cambia, la política llega tarde.

Gobernar no es solo administrar

La política no puede resignarse a ser contabilidad. Gobernar no es cerrar planillas: es conducir expectativas, ordenar conflictos y ofrecer futuro. Cuando la gestión se vuelve puramente técnica, la sociedad empieza a buscar respuestas en discursos extremos.

El riesgo no es perder una elección en 2027. El riesgo es más profundo: perder el alma del proyecto político. Porque cuando un gobierno deja de explicar, deja de escuchar y deja de convocar, otros ocupan ese vacío. Y no siempre con mejores ideas.

Llaryora todavía tiene tiempo. Tiene estructura, liderazgo y ventaja electoral. Pero ninguna hegemonía es eterna si se desconecta de su base social. El conflicto gremial no es una amenaza en sí mismo; es una señal de alerta. Ignorarla sería un error histórico.

2027 no será una elección más

La próxima elección no se jugará solo entre nombres. Se jugará entre modelos culturales. Entre una política que administra la escasez sin relato y otra que promete romper todo sin hacerse cargo de nada.

Si el ajuste continúa sin sentido colectivo, la elección se convertirá en un plebiscito. No sobre una gestión, sino sobre una forma de hacer política. Y cuando eso ocurre, el resultado nunca es neutral.

Recuperar la palabra

La política nació para darle sentido al conflicto, no para esconderlo. Córdoba necesita hoy más política, no menos. Más palabra, no solo más técnica. Más conducción, no solo más orden.

Porque cuando la política calla, otros gritan.
Y cuando otros gritan, la democracia se empobrece.


Síguenos en nuestro canal de WhatsApp https://whatsapp.com/channel/0029VaForMIGufIqPUEZx21A

sábado, 24 de enero de 2026 enero 24, 2026

Geopolítica: el mensaje de Mark Carney a las potencias medianas





Por Gustavo Restivo.-

El discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, en la Reunión Anual 2026 del Foro Económico Mundial en Davos no fue solo un balance de la situación global, sino un punto de inflexión teórico: la afirmación de que el mundo ya no está en una “transición” controlada, sino en una verdadera ruptura estructural del orden internacional. Con una honestidad inusual sobre el papel de los países del Atlántico en el sistema anterior y una contundente respuesta a la lógica de poder de Donald Trump, Carney planteó una teoría de acción para las potencias medianas, encapsulada en una frase que ya circula como la máxima del año: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”. Esta nota explora las dimensiones de ese mensaje: cómo redefine la crisis actual, cómo interpela directamente a Estados Unidos, y qué significa —estratégica y moralmente— para las democracias medianas en un mundo de rivalidades de poder sin límites.

El discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, en la Reunión Anual 2026 del Foro Económico Mundial en Davos no fue solo un balance de la situación global, sino un punto de inflexión teórico: la afirmación de que el mundo ya no está en una “transición” controlada, sino en una verdadera ruptura estructural del orden internacional. Con una honestidad inusual sobre el papel de los países del Atlántico en el sistema anterior y una contundente respuesta a la lógica de poder de Donald Trump, Carney planteó una teoría de acción para las potencias medianas, encapsulada en una frase que ya circula como la máxima del año: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”. Esta nota explora las dimensiones de ese mensaje: cómo redefine la crisis actual, cómo interpela directamente a Estados Unidos, y qué significa —estratégica y moralmente— para las democracias medianas en un mundo de rivalidades de poder sin límites.


En su discurso ante el Foro Económico Mundial de Davos 2026, el primer ministro canadiense Mark Carney trazó una de las reflexiones más lúcidas y provocadoras sobre el momento histórico que atraviesa el sistema internacional. Su sentencia —“Las potencias medias deben actuar juntas, porque si no estás en la mesa, estás en el menú”— condensó, en una fórmula brutalmente clara, la lógica de poder que domina la actual ruptura del orden mundial.

Carney no habló de transición, sino de quiebre. Desmontó la idea tranquilizadora de un simple ajuste del sistema liberal y la reemplazó por la noción de una fractura estructural: un mundo en el que las reglas ya no garantizan previsibilidad ni protección, sino que son utilizadas de manera selectiva por las grandes potencias. Aranceles, sanciones, control de cadenas de suministro, infraestructura financiera y tecnologías críticas funcionan hoy como instrumentos de presión. La globalización, en este contexto, deja de ser un espacio de integración y se convierte en un campo de disputa.

El mensaje tuvo un destinatario implícito pero evidente: Estados Unidos, bajo el renovado liderazgo de Donald Trump. Sin nombrarlo, Carney cuestionó la lógica de la coerción económica como herramienta central de la política exterior, advirtiendo que la hegemonía que monetiza indefinidamente sus relaciones termina erosionando la confianza y empujando a sus aliados a diversificar vínculos. No se trató de una proclama antiamericana, sino de un llamado a abandonar la ficción de seguridad que ya no existe.

La afirmación de la soberanía de Groenlandia frente a cualquier pretensión de adquisición territorial y el refuerzo del compromiso canadiense con la OTAN y la defensa del Ártico completaron un discurso coherente: la soberanía no se proclama, se respalda con capacidades materiales. Sin inversión en defensa, infraestructura crítica y autonomía tecnológica, toda retórica estratégica es apenas decorativa.

Pero el núcleo conceptual estuvo en la advertencia a las potencias medianas. En un sistema dominado por la rivalidad entre grandes actores, la negociación bilateral con un hegemón implica aceptar una asimetría estructural: se compite por favores, se disimula la dependencia y se sacrifica margen de maniobra. La alternativa, según Carney, es la acción colectiva. Coaliciones flexibles entre Europa, Canadá, Japón, Australia, Corea del Sur, India, Brasil o Turquía permitirían no solo resistir presiones, sino influir en la definición de reglas, estándares tecnológicos, rutas comerciales y esquemas de seguridad.


La frase ha sido interpretada de múltiples maneras. Para algunos, inaugura una “diplomacia de las medianas” orientada a construir una tercera vía entre la subordinación y la confrontación. Para otros, es una crítica directa a las estrategias de ambigüedad calculada adoptadas por países que intentan equilibrar vínculos con las grandes potencias sin desarrollar capacidades propias. En ambos casos, la idea central es la misma: la neutralidad pasiva ya no es una opción viable.

La prognosis de esta teoría es tan prometedora como exigente. Si las potencias medianas logran articular intereses comunes, invertir en defensa, innovación e infraestructura, y sostener una diplomacia coordinada, podrían amortiguar los efectos más disruptivos de la fragmentación global. Sin embargo, el riesgo es que la retórica no se traduzca en decisiones políticas sostenidas, y que las presiones económicas y estratégicas terminen fragmentando cualquier intento de acción colectiva.

Carney, en definitiva, no ofreció un programa cerrado, sino un marco conceptual. Su advertencia no es ideológica, sino existencial: en un mundo de poder descarnado, la ausencia de voz equivale a la irrelevancia. Estar en la mesa ya no es un privilegio; es la condición mínima para no convertirse en parte del menú.



Síguenos en nuestro canal de WhatsApp https://whatsapp.com/channel/0029VaForMIGufIqPUEZx21A


miércoles, 7 de enero de 2026 enero 07, 2026

Venezuela 2026: cuando la guerra ya no se explica con petróleo





Por Gustavo Restivo

El artículo de Carolina Restrepo Cañavera "No fue por petróleo. Fue por algo mucho más estratégico", propone una tesis incómoda pero intelectualmente consistente: la intervención militar estadounidense en Venezuela, ejecutada el 3 de enero de 2026, no responde a los viejos reflejos explicativos —petróleo, narcotráfico, “cambio de régimen”— sino a una mutación profunda del tablero geopolítico global. En ese sentido, su texto no busca describir el hecho militar en sí, sino disputar la narrativa que suele envolverlo.

La autora parte de un supuesto clave que merece atención: las decisiones estratégicas de alto impacto no se toman en el plano discursivo de la política doméstica, sino en el corazón técnico-militar del poder estadounidense. El Pentágono —no la Casa Blanca— define cuándo una amenaza cruza el umbral de lo tolerable. El presidente, en ese esquema, no lidera la estrategia: la legitima públicamente. Esta afirmación, lejos de ser provocadora, se inscribe en una larga tradición del realismo político y militar estadounidense, donde la lógica de seguridad precede a la lógica electoral.


Desde allí, Restrepo desmonta la explicación petrolera. Y lo hace con un argumento difícil de refutar: si el objetivo hubiera sido el crudo venezolano, la ventana de oportunidad fue 2019, no 2026. Hoy, con una PDVSA devastada, infraestructura colapsada y producción marginal, Venezuela carece del peso energético que justificaría una intervención de gran escala. El petróleo, sostiene la autora, funciona apenas como relato pedagógico para la opinión pública.

El núcleo del análisis se desplaza entonces hacia un terreno mucho más sensible: la convergencia operativa de los tres principales adversarios estratégicos de Estados Unidos —China, Rusia e Irán— en un mismo espacio geográfico del hemisferio occidental. No se trataría de alianzas diplomáticas ni de acuerdos comerciales, sino de una arquitectura integrada de poder duro.

China, según el artículo, no solo invirtió en Venezuela: operó directamente la extracción de minerales estratégicos en el Arco Minero del Orinoco. Tantalio, cobalto y tierras raras —insumos críticos para la industria tecnológica y militar— pasaron a estar bajo control chino en origen, comprometiendo una cadena de suministros que el propio Pentágono considera vital. En el nuevo orden global, quien controla los minerales controla la capacidad de producción bélica.

rán, por su parte, habría dado un salto cualitativo aún más alarmante: la instalación de fábricas de drones militares con capacidad ofensiva, no como comercio de armas, sino como industria permanente a escasa distancia del territorio continental estadounidense. Rusia completaría el triángulo con sistemas de defensa aérea, radares, entrenamiento e inteligencia electrónica, configurando un ecosistema militar avanzado a las puertas del Comando Sur.


El argumento central es claro: no se trató de una suma de presencias extranjeras, sino de una coordinación estratégica. Cada actor reforzaba al otro, rompiendo el equilibrio de amenazas que Washington considera aceptable en su entorno inmediato. Allí, el “umbral” se habría quebrado.

Uno de los pasajes más sólidos del texto es la observación sobre los objetivos militares atacados: bases, telecomunicaciones, radares, nodos de mando. No refinerías, no pozos, no infraestructura energética. La operación no buscó apropiarse de recursos, sino desmantelar capacidades. Esa distinción es clave para comprender la lógica de seguridad que subyace a la acción.

Restrepo inscribe este episodio en una tendencia mayor: la guerra contemporánea ya no gira en torno al petróleo, sino a los minerales estratégicos y a las cadenas de suministro. La decisión china de restringir exportaciones de tierras raras en 2025 aparece como antecedente directo: la demostración de que los insumos críticos pueden convertirse en armas geopolíticas. Venezuela, en ese contexto, deja de ser un “Estado fallido” periférico y se transforma en un nodo sensible de la disputa por el poder global.

El artículo no es neutral ni pretende serlo. Está escrito desde una comprensión cruda del poder, más cercana a Maquiavelo que a los discursos moralizantes. Y allí reside tanto su fortaleza como su provocación. Al igual que en otras intervenciones públicas de Carolina Restrepo Cañavera, la política no es presentada como un espacio de buenas intenciones, sino como un campo donde mandan las amenazas, los recursos y la capacidad de anticipación.

En definitiva, el texto obliga a repensar una pregunta incómoda: ¿seguimos analizando la geopolítica del siglo XXI con categorías del siglo XX? Si el petróleo fue el eje del orden pasado, los minerales, la tecnología militar y la proximidad estratégica parecen ser el corazón del nuevo conflicto global. Venezuela, según esta lectura, no fue el botín. Fue el tablero.

https://www.elcolombiano.com/negocios/eeuu-venezuela-intereses-minerales-petroleo-estrategia-DC32303022


Síguenos en nuestro canal de WhatsApp https://whatsapp.com/channel/0029VaForMIGufIqPUEZx21A

Visitas

Buscar este blog

Con la tecnología de Blogger.

"Reporte Cba Podcast"

"Reporte Cba Podcast"
La Rosca Express 🚀