domingo, 8 de marzo de 2026 marzo 08, 2026

Cuando el partido se debilita, aparece el caudillo




Por Gustavo Restivo

En las últimas décadas, los sistemas políticos de muchas democracias han experimentado transformaciones profundas que desafían los esquemas clásicos de representación. Los partidos tradicionales —aquellas organizaciones que durante gran parte del siglo XX estructuraron la competencia electoral, organizaron identidades políticas estables y canalizaron demandas sociales— muestran hoy signos evidentes de debilitamiento. La caída en la afiliación partidaria, la volatilidad electoral y la creciente desconfianza ciudadana hacia las estructuras políticas formales son algunos de los indicadores más visibles de este proceso.

En este contexto, comienza a surgir una pregunta central para el análisis político contemporáneo: si los partidos pierden capacidad de intermediación, ¿quién ocupa ese lugar en la relación entre sociedad y poder? Cada vez con mayor frecuencia, la política parece organizarse alrededor de liderazgos individuales fuertes, figuras mediáticas o candidatos que construyen su legitimidad más en la conexión directa con el electorado que en la pertenencia a estructuras partidarias sólidas. Este fenómeno abre el debate sobre si estamos transitando hacia una etapa de política personalista, en la que el peso del liderazgo individual supera al de los programas y organizaciones colectivas.

Comprender este cambio requiere analizar no solo la crisis de los partidos, sino también las transformaciones más amplias del ecosistema político: el impacto de las redes sociales en la comunicación pública, la fragmentación de las identidades ideológicas tradicionales, la aceleración de los ciclos informativos y la creciente desconfianza hacia las instituciones. En suma, la pregunta de fondo no es únicamente si los partidos están debilitándose, sino qué tipo de política está emergiendo en su lugar y cuáles pueden ser sus consecuencias para la calidad de la democracia.

Durante buena parte del siglo XX la política argentina se organizó alrededor de estructuras partidarias relativamente estables. El peronismo y el radicalismo, con sus distintas corrientes internas, funcionaron durante décadas como grandes sistemas de identidad política. Los votantes no elegían solamente candidatos: elegían pertenencias. Los partidos eran, en ese sentido, instituciones que organizaban el debate público, formaban dirigentes y canalizaban las demandas sociales.



Ese esquema comenzó a resquebrajarse lentamente hacia fines del siglo pasado y terminó de entrar en crisis con el colapso institucional de 2001, durante el gobierno de Fernando de la Rúa. La consigna que dominó las calles en aquellos días —“que se vayan todos”— no estaba dirigida a un partido en particular, sino a todo el sistema de representación política. Allí comenzó a hacerse visible un proceso que todavía continúa: el debilitamiento de los partidos como estructuras orgánicas y la creciente centralidad de los liderazgos individuales.

En ese contexto, algunos episodios se transformaron en verdaderos símbolos del cambio. Uno de los más recordados fue el caso de Eduardo Lorenzo Borocotó. Elegido diputado nacional en 2005 por una lista opositora vinculada al espacio de Mauricio Macri, Borocotó anunció antes de asumir que se integraría al bloque oficialista alineado con el entonces presidente Néstor Kirchner. El impacto mediático fue inmediato. Desde entonces, la palabra “borocotización” quedó instalada en el vocabulario político argentino para describir el traspaso oportunista de dirigentes entre espacios.

Más allá del caso puntual, lo relevante fue lo que ese episodio dejó al descubierto: la creciente fragilidad de las identidades partidarias. Si un dirigente podía cambiar de espacio político con tanta facilidad, la pregunta inevitable era si el voto pertenecía al partido o al candidato. Y detrás de esa pregunta aparecía otra más profunda: ¿seguían siendo los partidos los verdaderos organizadores de la política?

En los años posteriores, la tendencia se hizo cada vez más visible. Las campañas comenzaron a girar más alrededor de las figuras que de los programas, los partidos se transformaron con frecuencia en coaliciones electorales temporarias y el liderazgo personal pasó a ocupar el centro de la escena. Las nuevas tecnologías de comunicación, especialmente las redes sociales, aceleraron este proceso al permitir que los dirigentes establezcan una relación directa con el electorado, muchas veces sin mediaciones institucionales.

La política contemporánea parece moverse cada vez más en ese terreno. Los partidos siguen existiendo, pero muchas veces funcionan más como plataformas electorales que como comunidades políticas duraderas. En lugar de estructuras que moldean liderazgos, son los liderazgos los que terminan moldeando a los partidos.

El fenómeno no es exclusivo de Argentina. En numerosas democracias del mundo se observa una tendencia similar: fragmentación del sistema político, debilitamiento de las organizaciones tradicionales y emergencia de figuras con fuerte impronta personal. Sin embargo, en nuestro país el proceso adquiere características particulares porque se combina con una larga tradición de liderazgos fuertes y con una sociedad que, después de repetidas crisis, mantiene una relación ambivalente con sus instituciones.

Tal vez el episodio de Borocotó no haya sido el comienzo de este proceso, pero sí fue uno de sus momentos más reveladores. Como suele ocurrir en política, un hecho puntual terminó iluminando una transformación más profunda: la lenta transición desde una política de partidos hacia una política cada vez más centrada en los individuos.

Y en ese cambio —todavía en desarrollo— se juega buena parte del futuro de nuestra democracia.




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domingo, 1 de marzo de 2026 marzo 01, 2026

El fin de una era y el inicio de una crisis global: la muerte de Jamenei y las consecuencias del ataque combinado de EE.UU. e Israel




  por Gustavo Restivo

El ayatolá Ali Jamenei, líder supremo de la República Islámica de Irán desde 1989, murió ayer 28 de febrero de 2026 en un ataque militar conjunto de Estados Unidos e Israel contra Teherán, confirmaron este domingo fuentes estatales iraníes tras una jornada de caos y combates en todo el país. Jamenei, de 86 años, encabezó durante casi cuatro décadas un sistema teocrático basado en la autoridad religiosa y el control absoluto de las instituciones políticas, militares y judiciales de Irán. Su liderazgo se caracterizó por una postura intransigente frente a Occidente, el fomento de redes de influencia en Oriente Medio y la persistente confrontación con Washington y Jerusalén.

El ataque, bautizado por el Pentágono como Operation Epic Fury y ejecutado con la coordinación de aviones, misiles y drones estadounidenses e israelíes, tenía como objetivos críticos instalaciones militares, nodos de mando y, según fuentes de inteligencia de EE.UU., la ubicación de Jamenei y otros líderes del régimen. Israel declaró que la muerte del ayatolá fue resultado de “una operación precisa” basada en datos aportados por la CIA. La confirmación final del fallecimiento llegó tras la difusión por parte de medios estatales iraníes de la noticia y el inicio de un luto nacional de 40 días.

Desde la perspectiva de Washington y Tel Aviv, la ofensiva responde a una amenaza acumulada. En los últimos años, Teherán aceleró su programa nuclear tras el colapso de las negociaciones diplomáticas, expandió su respaldo a actores como Hezbolá, Hamas y los hutíes, y profundizó vínculos estratégicos en Siria e Irak. La combinación de estos factores alimentó la percepción en EE.UU. e Israel de que la República Islámica perseguía capacidades que desestabilizarían aún más una región ya fracturada, justificando lo que calificaron como un ataque preventivo de gran escala.

No obstante, el costo inmediato ha sido devastador. Las fuerzas iraníes han respondido con misiles y drones contra bases estadounidenses en el Golfo y objetivos israelíes, ampliando el conflicto a múltiples frentes. El impacto en la población civil es grave: cientos de muertos y miles de heridos se registran en varias provincias y ciudades, incluido un ataque contra una escuela en Minab que causó decenas de víctimas entre ellos niños.

A nivel geopolítico, la situación muestra dos vectores: por un lado, la eliminación de Jamenei representa un golpe sin precedentes al centro de poder iraní, cuya figura era el eje de la política exterior y de seguridad de la República Islámica. Por otro, el vacío de liderazgo y la ausencia de un sucesor claramente establecido abren la puerta a una fase de inestabilidad interna, donde los cuerpos de poder militar —especialmente la Guardia Revolucionaria— podrían disputar el control, incrementando el riesgo de una prolongada guerra regional.

La muerte de Jamenei y la escalada armada redefinen el mapa de tensiones en Oriente Medio con consecuencias globales: actores como Rusia y China han condenado el ataque, mientras potencias europeas instan a la desescalada. En tanto, la incertidumbre sobre el futuro político de Irán y la posible redefinición de su posición estratégica constituyen el desafío más inmediato para la diplomacia y la seguridad internacional.

Irán tras la muerte de Jamenei: transición institucional bajo fuego cruzado

La muerte de Ali Jamenei, confirmada tras el ataque coordinado de Estados Unidos e Israel sobre Teherán, no sólo cerró un ciclo de 37 años de liderazgo absoluto; abrió una etapa de transición en medio de una confrontación militar abierta. A los 86 años, el líder supremo —eje del sistema político-religioso iraní desde 1989— fue alcanzado en una ofensiva que Washington y Tel Aviv presentaron como un golpe estratégico contra la arquitectura de poder del régimen.

Masud Pezeshkian

En las horas posteriores, la Asamblea de Discernimiento de Conveniencia del Sistema anunció la conformación de un consejo interino tripartito para garantizar la continuidad del Estado hasta que la Asamblea de Expertos designe a un nuevo líder supremo. El cuerpo quedó integrado por el presidente Masud Pezeshkian, el jefe del Poder Judicial Golamhosein Mohseni Eyei y el ayatolá Alireza Arafi, jurista del Consejo de los Guardianes y referente del clero político.

La fórmula busca enviar una señal de estabilidad en un momento crítico. Pezeshkian aporta legitimidad ejecutiva; Mohseni Eyei, control institucional y judicial; Arafi, anclaje doctrinal y vínculo con el órgano que supervisa la constitucionalidad y los procesos electorales. Sin embargo, el equilibrio real dependerá del posicionamiento del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), actor con capacidad operativa y ascendencia estratégica sobre la política de seguridad y el programa misilístico.

Golamhosein Mohseni Eyei

El trasfondo del ataque remite a una escalada sostenida: aceleración del programa nuclear iraní tras el colapso de negociaciones, expansión del apoyo a actores armados en la región y sucesivas advertencias israelíes sobre la “línea roja” estratégica. La respuesta iraní —misiles y drones contra objetivos israelíes y posiciones estadounidenses en el Golfo— confirma que el conflicto se mueve en una lógica de disuasión ampliada.

En el plano interno, la transición se produce con una economía presionada por sanciones, inflación estructural y malestar social acumulado. La elección del sucesor será determinante: un perfil alineado con la línea dura consolidaría la doctrina de resistencia; una figura más pragmática podría explorar canales de desescalada sin alterar los pilares del sistema.

ayatolá Alireza Arafi

La clave inmediata no es sólo quién suceda a Jamenei, sino cómo interactúen el consejo interino, la Asamblea de Expertos y la Guardia Revolucionaria. En esa articulación se juega no sólo la estabilidad de Irán, sino el alcance de una crisis que ya trascendió sus fronteras y reconfigura el equilibrio de poder en Medio Oriente.


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