Comentado por Gustavo Restivo
En una esquina de Córdoba, un trabajador de 35 años dice: “Yo no voto por odio, voto porque nadie me representa”. En un bar de Buenos Aires, una docente agrega: “No es que me guste el caos, es que ya no creo en los partidos”. En una fábrica de Rosario, un operario resume: “La política es para ellos, no para nosotros”.
Estas frases no son un rechazo a la democracia, sino un diagnóstico preciso: el problema no es el sistema, sino sus representantes. Esta es la tesis central del politólogo portugués Andrés Malamud en su ensayo “Son los representantes, estúpido: no falla la democracia sino sus élites”, un texto que viene como anillo al dedo para entender la Argentina de 2025.

La democracia no está en crisis, pero sus representantes sí
Malamud parte de una distinción clave: la democracia, como procedimiento (voto, elecciones, separación de poderes), sigue siendo valorada por la mayoría de la población en América Latina y en Argentina. Lo que está en crisis no es el régimen, sino la representación: la desconexión entre los representados (la ciudadanía) y los representantes (partidos, líderes, élites políticas y mediáticas).
La gente no dice “queremos una dictadura”. Lo que dice, una y otra vez, es “no nos representan”. Esa frase, repetida en marchas, encuestas y redes sociales, no es un rechazo a la democracia, sino un reclamo de legitimidad: la ciudadanía exige que quienes gobiernan y deciden estén conectados con sus realidades, sus valores y sus urgencias.
La trampa de la superioridad moral
Malamud señala que la academia y el periodismo convencional han sido ciegos a los elementos antioligárquicos del populismo, prefiriendo tildarlo simplemente de “autoritario”. Sin embargo, el fenómeno responde a una desconexión profunda: las élites occidentales han desarrollado valores individualistas y seculares que chocan frontalmente con las masas, que aún valoran la nación, la religión y la familia.
En Argentina, esta brecha se ha agravado en los últimos años. Las élites políticas, económicas y mediáticas han construido una agenda que muchas veces parece ajena a las urgencias de la mayoría: inflación, trabajo, vivienda, salud, educación. La política se reduce a una batalla de cúpulas, a acuerdos de gabinete, a discursos de palacio, mientras la gente siente que su voz no cuenta.
Al mismo tiempo, las fuerzas de izquierda, al desplazar su enfoque de las mayorías trabajadoras hacia las minorías identitarias, han abandonado a sectores sociales —especialmente varones jóvenes— que hoy se sienten víctimas de una “cultura de la cancelación” y de una superioridad moral que les resulta ajena. La política deja de ser un debate de ideas y se convierte en una batalla de estatus moral, donde quien gana no es el que tiene mejores propuestas, sino el que logra imponer su superioridad ética.
Algoritmos y fragmentación social
El análisis de Malamud se vuelve especialmente agudo al abordar el impacto de las redes sociales. Lo que comenzó como una promesa de democratización horizontal ha terminado en una segmentación digital que separa incluso a los géneros. Por primera vez, los varones menores de 30 años son más conservadores que sus padres, habitando espacios virtuales radicalmente distintos a los de sus pares mujeres.
En Argentina, el algoritmo ha sustituido a los medios tradicionales como el nuevo intermediario invisible, potenciando el sesgo de confirmación y fracturando el consenso social. La política se fragmenta en burbujas: una para la élite urbana, globalizada y progresista; otra para sectores populares y medios que se sienten excluidos, burlados o criminalizados.
La democracia, en vez de ser un espacio común de debate, se convierte en una serie de mundos paralelos que apenas se entienden entre sí. Y en ese vacío, prosperan los discursos que prometen romper con la “casta”, con la “oligarquía”, con el “establishment”.
De la protesta a la deserción
Malamud advierte sobre el agotamiento de la protesta tradicional. En América Latina, la insatisfacción ha derivado en la deserción: el ciudadano ya no espera soluciones de la política, simplemente se va o vota por partidos “outsiders” con menos de una década de existencia.
En Argentina, esto se ve con claridad. El PJ, la UCR y otros partidos históricos han perdido peso y credibilidad, y su capacidad de representar un proyecto alternativo de país se ha visto fuertemente afectada. La fragmentación partidaria y la aparición de nuevas fuerzas (como el Frente de Todos, Juntos por el Cambio, La Libertad Avanza) no han resuelto la desconexión con la base.
El auge de figuras como Javier Milei no debe leerse como un rechazo a la democracia, sino como una respuesta a la crisis de representación. Cuando la ciudadanía dice “no nos representan”, busca alternativas que se presenten como “fuera de la casta”, como “anti-sistema”, como “anti-políticos”.

El Estado roto y la política de la efectividad
Malamud plantea que, si bien los nuevos liderazgos populistas han logrado relegitimar el interés por la política, se enfrentan a un obstáculo insalvable: un Estado roto. La “motosierra” puede ser efectiva para demoler, pero no posee la capacidad técnica para construir futuro en sociedades donde la informalidad y la anarquía son hoy más reales que cualquier pretensión dictatorial.
En Argentina, esto se traduce en una paradoja: la gente exige que el Estado funcione, pero al mismo tiempo desconfía de sus instituciones, de sus funcionarios y de sus élites. La política, en definitiva, vuelve a ser una cuestión de efectividad operativa, más allá de la retórica de la “casta” o el progresismo.
Conclusión: reformar la representación, no abandonar el sistema
La democracia no está en crisis. Lo que está en crisis son sus representantes y sus élites. La gente no quiere menos democracia; quiere más representación, más transparencia, más justicia y más capacidad de influir en las decisiones que afectan sus vidas.
El dossier de Malamud nos recuerda que el problema no es el sistema, sino quienes lo manejan. En Argentina, la tarea no es abandonar la democracia, sino transformarla para que las élites no se reproduzcan en círculos cerrados, para que los partidos vuelvan a representar, y para que la ciudadanía vuelva a sentir que su voto, su voz y su participación importan.
La democracia no falla. Fallan sus representantes. Y mientras eso no cambie, la crisis de representación seguirá profundizándose.
Fuente: nota recuperada de https://eldiplo.us8.list-manage.com/track/click?u=e7608481c6d6b5387506ef7fd&id=72efe0a99f&e


