Por Gustavo Restivo

El discurso del primer ministro canadiense Mark Carney en Davos 2026 no fue una pieza mĂ¡s del ritual diplomĂ¡tico global. Fue, mĂ¡s bien, una advertencia estratĂ©gica destinada a las potencias medianas: “si no estĂ¡s en la mesa, estĂ¡s en el menĂº”. La frase, de una crudeza inusual en foros dominados por eufemismos, sintetiza el nuevo realismo del sistema internacional: el poder volviĂ³ a hablar sin disfraces, y la integraciĂ³n global dejĂ³ de ser un espacio de cooperaciĂ³n para transformarse en un campo de disputa.

Carney no hablĂ³ de transiciĂ³n, sino de ruptura. SeñalĂ³ que el orden liberal basado en reglas se ha fragmentado, y que los instrumentos econĂ³micos —aranceles, finanzas, cadenas de suministro, energĂ­a, tecnologĂ­a— se han convertido en herramientas de coerciĂ³n. En este escenario, las potencias medianas enfrentan un dilema histĂ³rico: construir soberanĂ­a material o aceptar una subordinaciĂ³n estructural maquillada de autonomĂ­a.

Para la Argentina, esta advertencia tiene una relevancia singular. El paĂ­s combina una alta vulnerabilidad macroeconĂ³mica, una limitada densidad estratĂ©gica y una polĂ­tica exterior crecientemente ideologizada. Esta combinaciĂ³n reduce su margen de maniobra y la expone a una paradoja peligrosa: confundir alineamiento polĂ­tico con inserciĂ³n soberana.

En un mundo de ruptura, la dependencia no se neutraliza con simpatĂ­as ideolĂ³gicas. Al contrario: la afinidad automĂ¡tica con una gran potencia suele profundizar la asimetrĂ­a, debilitando la capacidad negociadora y clausurando alternativas diplomĂ¡ticas, comerciales y tecnolĂ³gicas. La soberanĂ­a, en este contexto, ya no puede entenderse como un principio declamativo, sino como una capacidad concreta de decisiĂ³n, respaldada por economĂ­a, tecnologĂ­a, energĂ­a, infraestructura y alianzas.

Argentina negocia desde la debilidad. Su fragilidad financiera, su escasa integraciĂ³n industrial, su atraso tecnolĂ³gico y su inestabilidad energĂ©tica limitan severamente su autonomĂ­a. Frente a esta realidad, la lĂ³gica del atajo —esperar que el alineamiento garantice respaldo econĂ³mico y polĂ­tico— aparece como una estrategia frĂ¡gil, especialmente en un sistema internacional dominado por la competencia, la presiĂ³n y la transacciĂ³n.

La alternativa es compleja, pero clara: construir una estrategia propia de potencia mediana. Esto implica diversificar relaciones sin exclusiones ideolĂ³gicas, reindustrializar sectores estratĂ©gicos, invertir en ciencia y tecnologĂ­a, asegurar autonomĂ­a energĂ©tica y participar activamente en coaliciones de paĂ­ses medianos que permitan equilibrar la presiĂ³n de los grandes polos de poder. No se trata de neutralidad, sino de autonomĂ­a inteligente.

La transiciĂ³n energĂ©tica, la reorganizaciĂ³n de cadenas globales de suministro, la creciente demanda de alimentos y minerales estratĂ©gicos y la revoluciĂ³n tecnolĂ³gica ofrecen oportunidades inĂ©ditas para la Argentina. Pero esas oportunidades solo se transforman en poder real si existen planificaciĂ³n, consenso estratĂ©gico y continuidad institucional.

La advertencia de Carney interpela con fuerza a nuestra dirigencia: en el nuevo orden global, la irrelevancia no es una opciĂ³n neutra, es una forma de dependencia. Estar en la mesa exige peso econĂ³mico, densidad polĂ­tica y visiĂ³n geopolĂ­tica. Lo contrario conduce a una soberanĂ­a simbĂ³lica, Ăºtil para el discurso interno, pero impotente frente a las dinĂ¡micas reales del poder global.

En definitiva, la Argentina enfrenta una decisiĂ³n histĂ³rica: persistir en la lĂ³gica de la dependencia sofisticada o iniciar, con realismo y ambiciĂ³n, un camino de reconstrucciĂ³n soberana. En el mundo que emerge, esa elecciĂ³n ya no es ideolĂ³gica, es existencial.