Hace más de medio siglo, el papado de Pablo VI logró lo impensado: unir la voz de la Iglesia al clamor de los pueblos empobrecidos, y llamar a una transformación radical del orden económico mundial. Populorum Progressio, promulgada el 26 de marzo de 1967, fue la primera encíclica dedicada por completo al desarrollo integral de los pueblos. Lo que muchos aún desconocen es el alcance innovador de su mensaje: un llamado a la solidaridad global y al derecho de todos a vivir con dignidad.
El documento, surgido en plena Guerra Fría, en un mundo dividido entre el bloque capitalista y el socialista, plantea una alternativa ética al conflicto ideológico del momento. Mientras Estados Unidos y la URSS se disputaban la hegemonía global, Pablo VI propuso un tercer camino: el de la justicia social universal y el desarrollo humano como condición para la paz.
En su primera parte, la encíclica define el desarrollo auténtico no como mera acumulación material, sino como progreso del ser humano en todas sus dimensiones —económica, cultural, espiritual— articulado con la libertad personal. Critica tanto el liberalismo económico que margina a millones como el colectivismo que suprime la dignidad individual.
En su segunda parte, subraya que el crecimiento verdadero requiere solidaridad entre naciones. Los países ricos, afirma el Papa, tienen una obligación moral de compartir conocimientos, recursos y oportunidades con los más necesitados. Denuncia el neocolonialismo, exige reformas en el comercio internacional y propone incluso la creación de un fondo mundial contra el hambre, financiado en parte por la reducción del gasto militar.
Una de sus frases más recordadas es:
“El desarrollo es el nuevo nombre de la paz” (n. 87).
Con estas palabras, el Papa formuló una visión geopolítica audaz y profundamente profética: sin justicia social global, no hay paz duradera.
Una visión que se anticipó 50 años
En un momento en que las instituciones internacionales apenas comenzaban a pensar en el desarrollo sostenible o los derechos de los pueblos, Populorum Progressio ya advertía sobre los efectos devastadores de la desigualdad, la exclusión y la falta de acceso a los bienes básicos.
Con notable anticipación, Pablo VI no solo planteó soluciones prácticas —como la condonación de deudas, el control ético de los capitales y la dignidad del trabajo—, sino que elaboró una teoría integral del desarrollo humano. Su encíclica sirvió de base para que años después Juan Pablo II (Sollicitudo rei socialis, 1987), Benedicto XVI (Caritas in Veritate, 2009) y Francisco (Laudato Si’, 2015) consolidaran una doctrina social moderna y global de la Iglesia.
A más de 55 años de su publicación, Populorum Progressio mantiene una vigencia notable. La concentración de la riqueza, el cambio climático, las migraciones forzadas y la creciente desigualdad estructural confirman su lucidez. La visión estratégica de los papas —capaz de mirar la historia en profundidad y no solo en coyuntura— se revela aquí en toda su potencia: la Iglesia, cuando se compromete con el sufrimiento de los pueblos, puede hablar con la claridad que a veces le falta a la política.
No es casual que esta encíclica haya seguido la línea trazada por Rerum Novarum (León XIII, 1891), que denunció por primera vez la cuestión obrera y el capitalismo salvaje, y por Pacem in Terris (Juan XXIII, 1963), que introdujo el lenguaje de los derechos humanos en el magisterio católico. Las tres conforman una trilogía profética: una genealogía doctrinal de la justicia social en clave cristiana, que no se resigna al statu quo, sino que lo sacude.
Populorum Progressio fue —y sigue siendo— incómoda. Por eso es importante volver a leerla hoy, en un mundo donde el 10% de la población concentra el 76% de la riqueza, mientras millones migran forzadamente por hambre, guerra o clima. Cuando muchos actores políticos agitan banderas de nacionalismo egoísta, el llamado de Pablo VI suena más actual que nunca: la solidaridad no es una opción, es una responsabilidad común.
A veces se acusa al papado de llegar tarde a la historia. Pero si algo enseña esta encíclica es que los pontífices no solo hablan desde el presente: muchas veces leen los signos del futuro antes que los gobiernos, las empresas o incluso los movimientos sociales.
Años más tarde, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco desarrollarían la misma línea, actualizándola a nuevas realidades. Pero la semilla estaba allí, escrita en 1967, por un Papa que entendió que el Evangelio debía resonar también en las estadísticas del hambre, en los tratados comerciales y en los flujos de capital.
Populorum Progressio no envejeció. Tal vez porque todavía no fue cumplida.
Síguenos en nuestro canal de WhatsApp https://whatsapp.com/channel/0029VaForMIGufIqPUEZx21A
Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por dejar tu opinión.